Opinión
Pasados los sesenta
Restas que suman y avances en la aceptación
¿En qué momento empezó la vida a discurrir como un río desbordado? ¿En qué instante dejamos de medir los días por esperas, para empezar a verlos como leves destellos que apenas se sostienen en un sueño? Pasados los sesenta, ¿no es inevitable detenerse y preguntarse cómo fuimos capaces de llegar hasta aquí con tanta prontitud, tan sin saber adónde, tan obcecados?
¿No fue ayer, hace nada, cuando teníamos todo por delante? ¿No parecía entonces que el tiempo era un espacio interminable, que nunca faltaría otra ocasión, otra oportunidad, otro mañana y otros muchos veranos? Y ahora, ¿cómo entender que esos mañanas han fruncido sus horas y que las estaciones huyen como hojas caídas de los árboles; cómo asumir que los propósitos caben en menos fechas de menos calendarios?
¿Cuánto abandonó en el camino? ¿Cuántos seres se fueron, cuánto amor extendimos, cuántos nombres sin fruto, cuánta verdad intensa, cuántos abrazos vanos? ¿Qué hacer con las heridas que duelen para siempre? ¿Y qué con las promesas que nunca se cumplieron, hasta cuándo aplazar el encuentro que tan cobardemente pospusimos o romper las distancias que jamás se acercaron?
Y a cambio, ¿no hemos adquirido otra mirada, más serena, más honda? ¿No aprendimos a valorar momentos sencillos como aquel que contempla un gran milagro? ¿No hemos conseguido discernir lo esencial de lo insignificante y dejar de correr tras lo que no nos pertenece? ¿No es una gran victoria el llegar hasta aquí con la experiencia ávida de lo desconocido y las manos dispuestas, todavía, a acariciar la vida y sus bandazos? ¿No asoma una riqueza en los silencios que antes nos inquietaban? ¿No nos sorprende más esa harmonía que emerge de un recuerdo casi olvidado? ¿Y no hemos descubierto que, en muchas ocasiones, ganamos si perdemos, que las restas nos suman, que se avanza aceptando?
¿Quién puede reafirmarnos que no triunfar es toda una derrota? ¿No equivale a ganancia, en este mundo insólito, haber amado? ¿No es inmensa fortuna ser eslabón a ciegas del incierto futuro? ¿No es sabiduría allanar el trayecto a los que han de venir? ¿Pesa más, al final, lo obtenido o lo no ganado? ¿O acaso ambas resultas emanan de lo mismo?: de no saber vivir con cuanto poseemos, de ambicionar sin tregua lo que no se precisa. De batallar a ciegas por ingentes miserias que, al partir, aquí pudren o quedan en herencia para nuevos conflictos, para enfrentar a hermanos.
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