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Trenes vigilados

Renfe volverá a indemnizar a los pasajeros cuando el retraso sea superior a los quince minutos. Pues se van a arruinar. Lo recoge la nueva Ley de Movilidad Sostenible refrendada el jueves en el Congreso y en la que el PP, para joder a Óscar Puente, ha introducido esta variación. Volvemos a los tiempos en los que uno casi prefería unos minutos de retraso porque eso suponía que te devolvían pasta o toda la pasta. El principal retraso ferroviario que todos sufrimos es que haya trenes que solo pasen una vez en la vida. Y encima puede que te pasen a los cincuenta o a los cuarenta cuando lo suyo hubiera sido cogerlos a los treinta.

El último tren. Cuántas novelas, telenovelas, historias, series ha inspirado ese concepto. Por otro lado, quién sabe cuál es el último tren. Los seres humanos tal vez se dividan en dos clases: los que prefieren ser guardagujas o vigilantes de estación y los que prefieren ir subidos al tren, sin que sea menos cierto que los seres humanos se dividen en dos clases: los que dividen a los seres humanos en dos clases y los que no. Tampoco falta quien está como un tren.

Si el retraso de Renfe es de quince minutos se reembolsará al (sufrido) viajero el 50% del billete. Y si es de más de treinta minutos, será del cien por cien. Hasta ahora, solo se devolvía una cantidad apreciable si el retraso era de hora y media.

Renfe ya ha tasado lo que vale nuestra paciencia, sin que nosotros mismos sepamos a cuánto asciende su valor. Indemnizarnos por el retraso es comprar nuestro tiempo. Está bien que así sea, lo contrario es hacérnoslo perder y encima gratis.

Hay quien por culpa de un tren no llega a despedirse de su padre y quien tuvo la pericia vital de no tener lejos a su padre.

Los trenes habrán de vigilar su puntualidad mucho más a partir de ahora. Le trae a uno esto a la memoria "Trenes rigurosamente vigilados" inolvidable novela de Bohumil Hrabal, que narra la historia de un joven que trabaja en una estación en la Checoslovaquia ocupada por los nazis. Nunca se retrasa uno, nunca es tarde, si va a la cervecería de Praga donde se sentaba Hrabal, El tigre de oro. Una placa lo recuerda. La historia fue película también y se alzó con el Óscar a mejor película de habla no inglesa en 1967. Hrabal se tomaba dos cervezas y al llegar la tercera era cuando ya se comunicaba, cuando comenzaba a hablar. A los frecuentadores de Renfe les pasa parecido. Van a lo suyo enfrascados en el móvil y no hablan hasta el tercer parón súbito del tren. Cuando esto sucede ya dan y aceptan palique. Ahora tendrán además indemnización.

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