Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

¿Dónde estamos?

Acontecimientos a ritmo frenético en la política española

La política española discurre al ritmo frenético de una montaña rusa. Los acontecimientos se suceden a gran velocidad y provocan tal suerte de emociones que ha llegado el momento en que hemos perdido la ubicación. Todo entra dentro de lo previsible y el final del trayecto es incierto. La confusión que se ha adueñado de la situación no es una cosa caída del cielo, como tampoco lo ha sido la democracia. En alguna medida, todos estamos contribuyendo a crear un panorama político cercano al caos. Pero la responsabilidad principal corresponde a los partidos, que compiten sin freno, recurriendo a una variada gama de trucos y tretas para alentar en los ciudadanos actitudes a favor o en contra, según les convenga, sin reparar en las consecuencias.

Véase lo ocurrido en la última semana en orden cronológico. El presidente del Gobierno comparece en el Congreso para informar de sus encuentros internacionales y explicar asuntos controvertidos de la política interna, y desde la tribuna dedica la mayor parte de su intervención a cuestionar la gestión de servicios esenciales llevada a cabo por los gobiernos autonómicos del primer partido de la oposición. Uno de estos, el madrileño, se niega a facilitar los datos que le reclama el ministerio de Sanidad, que ya ha anunciado un contencioso administrativo. La abstención de Junts en una votación evitando una derrota del Gobierno, después de derribar los puentes con estruendo y llamar "cínico e hipócrita" a Pedro Sánchez, produce risas de satisfacción en el banco azul y deja sin reacción al PP, que se sume en el desconcierto cuando conoce el dictamen del abogado del Tribunal de Justicia europeo, celebrado por los independentistas, que echa por tierra sus argumentos en contra de la amnistía.

Mientras, el juicio al fiscal general concita la atención pública, de tal manera que todo el mundo quiere intervenir y pronunciarse sobre el caso, con el efecto de dividir a la opinión por la línea que separa a quienes se ponen al lado del Gobierno de los desafectos. Donde unos ven claro un delito de revelación de secreto, otros aprecian falta de pruebas e incluso nulidad del procedimiento. La sociedad está juzgando antes que los jueces y este ambiente presagia una sentencia rodeada de polémica. Pasa lo mismo con cada proceso judicial abierto. La oposición se abalanza contra el Gobierno, que no duda en rechazar cualquier acusación sembrando sospechas sobre la actuación de los instructores.

Haciendo caso omiso al cúmulo de desbarajustes y a toda adversidad, el Gobierno se propone seguir adelante. Pero no ignora el problema al que se enfrenta. El presidente ha comprometido su palabra con el anuncio de la inminente presentación del proyecto de presupuestos. Junts ha emitido por adelantado su voto negativo, que debería manifestarse en un apoyo a una enmienda a la totalidad, si no ya en el trámite previo que el Ejecutivo, si cumple con lo dicho, está a un paso de iniciar. Pedro Sánchez se muestra abierto a dialogar con todos los grupos, excepto con uno. Esta exclusión merece una reflexión, porque Vox y Alianza Catalana, nuestras dos derechas radicales, paradójicamente están subiendo como la espuma con la coalición progresista. Habrá que ver si, como le reprochó la portavoz de Junts, no es demasiado tarde para el afán negociador del líder socialista. El caso es que resulta difícil entender por qué el año pasado no se presentó el proyecto presupuestario alegando que era una pérdida de tiempo, puesto que no contaba con suficientes votos, y ahora se va a presentar, aunque se dé por seguro que será rechazado por una mayoría, incluido Junts, en el Congreso.

Pedro Sánchez ha descolocado muchas piezas del juego democrático y no es fácil adivinar con qué intención, si la de eternizarse en el poder al precio que sea o la de modificar el diseño del sistema político. En una de esas ironías que depara la vida, Pedro Sánchez podría acabar siendo víctima de él mismo. La hipótesis de una implosión de la democracia provocada por el Gobierno con consecuencias irreversibles puede ser útil como advertencia de un peligro, pero no describe de forma precisa la complejidad del momento. Eso sí, urge definir con claridad la situación política de España y hacer un esfuerzo para que cada uno vuelva a lo suyo y todo en su conjunto recupere la normalidad propia de una democracia. Vista la cadena de despropósitos y el ensimismamiento de los partidos, no parece que vaya a despejarse el embrollo con unas elecciones, ni anticipadas, aunque lo mejor sería recuperar el rumbo cuanto antes. Y en esta ocasión de poco nos van a servir las referencias externas. La Unión Europea está enredada y el inefable Trump sigue haciendo las cosas a su modo.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents