Opinión | Notas en la butaca
"La imperfección y la paciencia", cine de coser y contar
El cineasta asturiano Álex Zapico narra desde un silencio elocuente la historia de unos sastres que hacen de cada prenda un rito de perfección
El cineasta y fotoperiodista asturiano Alex Zapico hilvana con "La imperfección y la paciencia" una reflexión pertinente sobre el modelo productivo que nos domina y los hábitos de consumo que nos descosen humanamente: calidad decreciente, prisas y urgencias. Lo hace desde un ecosistema muy especial: el taller de los hermanos Aurelio, Ignacio y José Ignacio Campal, maestros sastres artesanos que van a contracorriente y dedican a las prendas el tiempo justo y necesario con seis décadas en la memoria.

"La imperfección y la paciencia", cine de coser y contar
Una verja que se abre a un mundo del ayer que viste al hoy: Pañerías Aramo, desde 1967. Materiales de calidad para resistir el paso del tiempo: es innegociable. Revolucionario. Con los pespuntes de una música exquisita, el blanco y negro se adhiere a los pliegues más íntimos del taller. Las filas de telas arropan un escenario que los hermanos recorren con una devoción contagiosa. Medir. Cortar. Acariciar. Con la clientela se dialoga con una complicidad elocuente. Geómetras del espíritu, nada menos. Con Mayra y Vidalina como aliadas se tiñe una atmósfera que prescinde de las palabras. Concentración al máximo. El objetivo lo merece: lograr una prenda de calidad, irrepetible y duradera. Zapico escruta, vigila, guía dentro de un patrón de gestos repetidos y tiempo absorto.
Arte(sanía) que tiene en los pensamientos luditas un espejo donde reflejarse, con citas oportunas de John Ruskin o William Morris. La belleza de la buena calidad, el esmero como seña de identidad para que las hechuras del oficio den respuesta a los desafíos de la creación lenta y segura.
No hay diálogos. No hacen falta. Paciencia. Mucha paciencia. El gran espíritu disfruta con ella. Se planchan las arrugas del tiempo, corte y confección como ejercicios de precisión absoluta: cabezas inclinadas sobre su obra, con el vapor de la plancha como único visitante aceptado. El ojo del alma que todo lo ve: la máquina de coser y contar a todo trapo, el hilo invisible de la vida con los dedales como guardianes de códigos secretos. Y con traje y corbata, por favor. El lenguaje de los ojales y los botones, tijeras y cintas métricas. Y, al final, con un subidón festivo de la música, la plenitud del deber cumplido: trajes perfectos colgados de las perchas. Respiran. Y escuchamos una voz que desgrana las medidas de la perfección.
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