Opinión
Antes que nada, oír
La sordera nos aísla de los otros, reduce los contactos con los demás y contribuye al deterioro cognitivo
Al final de una consulta con un prestigioso oftalmólogo, le pregunto: "¿Y tú cuál crees que es el sentido más importante para el ser humano?". . "Bueno", me contesta, "qué te voy a decir. Antes habíamos estado comentando la complejidad del ojo: es tal que mi hijo, también oftalmólogo, me dice que cada uno de nosotros nos especializamos en un milímetro…".
La vista es un prodigio de la naturaleza, un fenómeno al que la evolución llegó por diferentes caminos. El ojo humano, y el de los mamíferos, es solo una de las formas detectar la luz y adquirir imágenes. La de los de los cefalópodos se parecen en la estructura a los de los humanos, una cámara con una lente, retina e iris, pero dependen de otros genes. El azar, y la necesidad, hizo que llegaran al mismo sitio por distintos caminos. Como ocurre con la producción del alucinógeno psilocibina: varios tipos de hongos la hacen pero el camino químico para llegar allí, las enzimas, los genes, que las producen, son diferentes. Como si la naturaleza se beneficiara de la existencia de esas sustancias como lo hacen los seres de la visión, un sentido que los hace más capaces de sobrevivir. Lo que no sabemos es que ventaja les da a los hongos la psilocibina
Volviendo a los sentidos, insistí delante del eminente oftalmólogo: ¿quién sufre más, quién vive con más dificultades, el sordo o el ciego de nacimiento?
Siempre he pensado que la vista es el sentido más privilegiado del ser humano, del que más dependemos, en el que más nos habitamos. Sin embargo, la sordera es lo que más nos aísla de los otros y sin ellos no somos nada. Peor aún, porque desprovistos de la facultad del habla uno sí pueden comunicarse por otros medios, pero apenas pueden pensar. Porque como dice Chomski, la lengua se desarrolló precisamente para ello. Pensar sin lengua, sin una gramática, sin semántica, con solo con la representación de los objetos, el pensamiento es muy rudimentario. Los sordos conservan al nacimiento todas las facultades mentales, prueba de ello es que cuando aprenden el lenguaje de signos, esta aprovecha todos los mecanismos innatos de la lengua. Salen parcialmente de su aislamiento sensorial. En el que caen las personas que con los años pierden oído. La presbiacusia, como la presbicia, ocurre inevitablemente. Pero esta solo afecta a la visión de cerca. En cambio, la presbiacusia aísla, reduce los contactos con los demás y contribuye al deterioro cognitivo. Hay que corregirla. Así como es fácil colocarse unas gafas de cerca, los audífonos son caros, incómodos y no resuelven del todo.
El oído trasforma ondas de presión en señales eléctricas que el cerebro interpreta. El tímpano, como el parche de un tambor, recibe la onda de presión del sonido. Pegado a él, por su parte interna, está la cadena de huesecillos, martillo, yunque y estribo. Se mueven para llevar esa onda a la ventana oval, puerta de la cóclea. Esta estructura maravillosa es análoga al ojo en la visión. Como él, está rellena de líquido y recorriendo las convoluciones de ese caracol hay una membrana que se va estrechando como los corredores por donde discurre. Se mueve, como una cortina al viento, con el fluir ondas del líquido, los sonidos más graves afectan a su parte más ancha y los más agudos a la estrecha. Vibraciones que recoge el órgano de Corti que es el símil de la retina en el ojo. Se compone de células con pelos, llamados cilios, que se mueven con el líquido, un cilio por neurona: ahora ya son impulsos nerviosos perfectamente ordenados para llegar al cerebro, para trasladar la complejidad del sonido y reconstruirlo. Delicado, sofisticado, fácil de dañar. La presbiacusia más común, la sensorial, es precisamente el daño de esas células ciliadas del órgano de Corti. Comienza con las que vibran a frecuencias altas, por eso se pierde oído para sonidos agudos. Pronto progresa a las frecuencias conversacionales, entonces uno se desinteresa por las conversaciones y pone la radio o televisor a todo volumen.
Como el problema reside en la cóclea, se han desarrollado técnicas para sustituirla. El cirujano, en un procedimiento sin ingreso, implanta un receptor interno debajo del cuero cabelludo e inserta los electrodos, que estimulan el nervio auditivo, en el oído interno. Además, hay un procesador externo detrás de la oreja. Pasado el tiempo de cicatrización, unas dos semanas, se activa el aparato. Al principio, las voces suenan robóticas, mecánicas. El cerebro tarda varias semanas en adaptarse y los pacientes en descifrar palabras y frases con fluidez. A los seis meses, los adultos mayores habrán alcanzado buena parte de la capacidad de oír y distinguir, aunque la mejoría continúa durante un año o más.
¿Quién es candidato a un implante coclear? En el sistema público español, la decisión la toma un equipo multidisciplinar. Naturalmente, los niños con déficit auditivos tienen preferencia. Pero la edad no es un obstáculo.
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