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Weimar como admonición

Sobre el virus de la polarización

Juan Cofiño es presidente de la Junta General del Principado

El descenso a los infiernos provocado por el triunfo del nazismo en la Alemania de los años 30 del siglo pasado, sin duda una de las mayores tragedias de la humanidad, se gestó en un contexto que guarda cierta semejanza con lo que está sucediendo en nuestro entorno, un siglo después. Cierto que la republica forjada en Weimar, nació condicionada por las secuelas del Tratado de Versalles y convivió con una fuerte recesión económica y de empleo (agravada por la crisis del 29), asuntos que no están presentes aquí y ahora. Sin embargo, y al margen de esta diferencia nada desdeñable, percibo analogías preocupantes, ya que están de regreso los viejos demonios de antaño: populismo, demagogia, exaltación de lo identitario en clave de nacionalismo supremacista y excluyente, y como decantado de todo ello, un debate político insalubre, con la consecuencia de una indeseable polarización del conjunto de la sociedad. Polarización entendida como el intento de destruir y acabar con el oponente, que no debe confundirse con pluralidad, concepto esencial al sistema democrático que se traduce en tensión legitima entre diferentes; no se denosta la polarización para entronizar el centrismo político, sino para afianzar la polaridad, intercambiable con pluralidad.

La gran enseñanza del fracaso de la república de Weimar consiste en entender la fragilidad del sistema democrático. Se vino abajo como consecuencia –al margen de la crisis económica– de la violencia política y la polarización insostenible de la vida política. La división social que implicó afectó decisivamente al desempeño de los partidos y se proyectó impidiendo la construcción de los necesarios consensos para asegurar una correcta y aseada dirección política de Alemania. La espiral de violencia verbal, tuvo continuidad con una suerte de paramilitarismo de partidos, de tal manera que socialistas, republicanos, comunistas, anarquistas, pacifistas, nacionalsocialistas, entre otros, crearon grupos de defensa (acción/reacción) en una espiral que concluyó en el ascenso al poder de Hitler con las consecuencias de todos conocidas, hasta desembocar en Auschwitz, símbolo de la brutalidad del ser humano, cuando las peores pasiones se apoderan de la razón. Aún no hemos llegado a este punto (afortunadamente), aunque el nivel de decibelios del debate político, la hiperestrucutura de bloques que impide no ya el dialogo, sino el reconocimiento de la legitimidad del otro, la intransigencia, y la violencia verbal nos retrotraen a ese periodo tétrico de la historia europea. Todo esto sucede, además, en el marco de un mundo en desorden creciente, inseguro y cortoplacista, con valores en retroceso, y la generalización de la incertidumbre, que provoca miedo, el peor combustible para avanzar. Este enorme malestar alimenta a populistas de toda laya, que proyectándose sobre las redes sociales, y a base de simplicaciones, bulos, y teorías conspiranoicas están marcando el dietario político e imponiendo su atrabiliaria agenda, marcada por el autoritarismo y la deconstrucción de la democracia deliberativa.

El rescate del sistema democrático pasa por encontrar el antídoto adecuado a la polarización, y reconducir esta al territorio de la escucha y respeto al otro, o por expresarlo como lo demanda Victoria Camps: "¿Qué hacer para que el activismo partidista dé paso a la deliberación civilizada? ¿Es compatible dar la bienvenida a las diferencias y negarse a examinarlas para comprobar si aportan o no algo valioso? Todo acuerdo deja insatisfecho a quien tiene que renunciar a que su propuesta sea la ganadora, pero el debate de ideas no es un partido de fútbol".

Pues este es el reto y la responsabilidad en la que deben implicarse como primerísima prioridad los principales partidos –y sus líderes– que conforman el entramado político institucional de nuestro país. Claro está, la responsabilidad es cualificada en relación con los partidos mayoritarios llamados a articular la gobernanza de España. La recuperación del deterioro pasa por resignificar a la política como una actividad útil y que resuelve problemas, que haga compatible la pluralidad y la tensión inherente al debate, con la consecución de pactos y consensos. Para ello urge aparcar tacticismos, intolerancia y frentismo, y que vuelva a enseñorearse de la actividad política la moderación, el respeto, la escucha hacia el otro y la voluntad constructiva.

La catástrofe de Weimar fue pronosticada (pocos le hicieron caso) por Weber cuando apelaba a su conocida "ética de la responsabilidad" frente a los sueños revolucionarios que se malograron atendiendo al criterio de la ética de la convicción.

En su celebrada conferencia en Munich en el año 1919 "La política como vocación" ya advirtió sobre los peligros que acechaban: demagogia, liderazgos carismáticos y los fanatismos ideológicos. Anticipó, al fin, que a Alemania le esperaba "no una alborada del estío, sino una noche polar de una dureza y una oscuridad glaciar". Se quedó corto en el pronóstico, habría que sustituir –lamentablemente– Alemania por Europa.

Weber padeció la soledad del avisador.

Otro avisador de autoridad –Umberto Eco– más próximo en el tiempo nos legó esta reflexión: "La historia es lodosa y viscosa. Algo que hay que recordar siempre porque las catástrofes de mañana siempre están madurando ya hoy en día, socarronamente".

Quedamos avisados.

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