Opinión
Disyuntivas y otras hipérboles
El escritor, periodista y académico de la RAE, Arturo Pérez-Reverte, estallaba esta semana en redes: "Me va a regular el uso de las palabras su puta madre".
Cada uno tiene su piedra en el zapato -o en la garganta-. Una de las mías es el abuso de la palabra puta, que bastante tienen las pobres con lo que tienen como para que la polisemia las cargue con todos los males. Pero la piedra del académico no fueron las 109 veces que Alberto González Amador, comisionista -y novio para más señas-, pronunció la coletilla "o sea" en su primera declaración ante el Tribunal Supremo, donde compareció contra el fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, a quien acusa en general de haber filtrado datos sobre el proceso en el que es investigado por fraude fiscal y falsificación de documentos y, en particular, de "haberle destrozado la vida".
Tampoco pareció sacudir al reportero de guerra durante 21 años el cierre dramático de la última comparecencia: "Es que, o sea, lo que puede pasar es: o me voy de España o me suicido", a lo que el presidente del tribunal, Andrés Martínez Arrieta, replicó: "No le recomiendo ninguna de las dos cosas".
No. La gota que colmó el vaso del escritor provenía del Congreso y la aprobación de una PNL para regular el uso de la palabra ‘cáncer’. La exposición de motivos sostenía que "no es aceptable como metáfora de lo peor, de lo que corrompe o de lo que destruye".
Según la Sociedad Española de Oncología Médica, en 2025 se diagnosticarán en España 296.103 casos. Gracias a la prevención y los avances médicos, dos tercios de los pacientes superarán los cinco años de vida tras el diagnóstico. Aun así, ya en 2010 la Asociación Española Contra el Cáncer advertía que el término se utilizaba de forma peyorativa en el 15% de las declaraciones públicas recogidas por los medios, sobre todo en los ámbitos de la política y el deporte.
Pérez-Reverte acompañó su desaprobación de un artículo publicado años atrás: ‘El cáncer de la gilipollez’, donde cargaba contra la carta de una lectora -cuyo padre había fallecido por la enfermedad- que reprochaba a Javier Cercas haber escrito que "el nacionalismo es el cáncer de Europa". Para la lectora, "un desolador mensaje" hacia los enfermos.
Pero Pérez-Reverte veía en la demanda de la lectora coacción y chantaje, preguntándose cómo sería el mundo en el que "al escribir le violó la correspondencia parezca una infame frivolidad machista", "tonto del nabo ofenda a quienes practican honradamente la horticultura" o -mi particular piedra en el zapato- "los miles de demandantes que podrían protestar, libro de familia en mano, cada vez que en España utilizamos la expresión hijos de puta". Solo le faltó terminar con un "o sea" para que quien estallara fuera yo.
Pero la prueba de que hay palabras vivas, muertas y otras que huelen a rancio está en la propia RAE, más concretamente en su ‘Mapa de diccionarios’, que ofrece "una visión evolutiva del léxico moderno, matizada por la idea que se hacían de él los académicos a lo largo de casi trescientos años".
Y la evolución de ‘cáncer’ transcurre sumando en 1780 al signo zodiacal "Especie de tumor maligno que degenera en una llaga de muy dificil curación" [sic]. En 1884 se le añade "de carácter crónico, que por lo común ocasiona la muerte". Esta "muerte" en 1925 se reemplaza por "casi siempre incurable" y en 2001, además de las acepciones médicas, aparece una cuarta maldita acepción: "Proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos", poniendo como ejemplo: "La droga es el cáncer de nuestra sociedad".
Así que la animadversión no parece ser por la regulación de las palabras, sino porque esta procede de los "hijos de puta" del Congreso. Algo, por cierto, que ya ha sucedido en más ocasiones: en 1986, con Felipe González, se sustituyó subnormal por persona con minusvalía. Con Pedro Sánchez, disminuido pasó a ser persona con discapacidad. Y aunque la RAE, a contracorriente incorpora subnormal a su diccionario en 1992 y aún figure: "Que tiene una capacidad intelectual notablemente inferior a la considerada normal", el término resuena superado, rancio y peyorativo.
Entonces, ¿se trata de prohibir palabras? No. Se trata de asumir responsabilidad al usarlas. Porque si el lenguaje describe realidad, también la deforma. O la banaliza.
Como banaliza el suicidio quien lo emplea como hipérbole. A González Amador –a quien le deseo una vida muy larga con tiempo para recapacitar sobre sus decisiones– tal vez le convendría recordarlo. Según la OMS, 800.000 personas se quitan la vida cada año. En España, 3.846 solo en 2024. Una el pasado octubre fue Sandra, de 14 años, en Sevilla. Póngase en la piel de esos padres cuando, frustrados sus deseos de que los delitos cometidos se cerraran "rápido y sin ruido", amenaza con la disyuntiva de que solo "puede pasar" escapar, o el suicidio…
Como le recomendó el presidente de tribunal: "Hable con su abogado, que será el que mejor le pueda asistir en esa duda".
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