Opinión
La mirada de Lúculo: Últimos días en Budapest
La lectura del libro de Sándor Márai, dedicado a Gyula Krúdy, hace rebrotar recuerdos de la espléndida ciudad danubiana, capital de Hungría, y su gastronomía de la paciencia

Últimos días en Budapest / Pablo García
Leyendo "Último día en Budapest", de Sándor Márai, han ido agolpándose los recuerdos de una ciudad inolvidable a la que no regresé las veces que hubiera deseado hacerlo. Budapest contiene la espuma incierta del Danubio y el viajero que llega a ella, entre los tranvías amarillos que cruzan el puente Széchenyi y el perfume mineral de las aguas termales, siente sobrevivir algo bajo la superficie, ya fuera una voz del pasado, modulada en la prosa de Márai o de Krúdy, cuando los cafés aún eran templos de conversación y la elegancia se confundía con la simple melancolía. En los años de entreguerras fue un escenario donde el tiempo se tensaba entre la nostalgia del Imperio y el vértigo de la modernidad. Márai lo retrató con precisión. Su ciudad —esa "Pest nocturna" de cafés y sombras— era una urdimbre de pasiones contenidas y rituales cotidianos. He caminado por la avenida Andrássy, entre fachadas neorrenacentistas y escaparates cosmopolitas, sintiendo el eco del mundo de ayer y las pisadas de sus sombras. Al penetrar, la niebla te envuelve y puedes imaginar que,en cualquier momento, aparecerán Márai y Krúdy, conversando sobre el destino de la burguesía centroeuropea entre el chapoteo del agua caliente de los baños turcos. En Hungría, la conversación, igual que sucede con la comida, es una forma sutil de resistencia. La conversación surge, además, misteriosa en un idioma que apenas habla nadie con la excepción de los húngaros.
Están los aromas persistentes del gulash que vive eternamente en las ollas, la gastronomía magiar, tan sólida y sentimental como su literatura, se basa en el fuego lento. No hay prisa en un pörkölt (guiso de carne derivado de la sopa de gulash) ni en un tokány (estofado de pollo con crema agria y pepinillos). En los restaurantes del barrio de Óbuda, antigua Buda, cuelgan aún retratos de escritores y artistas de entreguerras, y sirven estofados de ternera con paprika que parecen un homenaje a la paciencia. Es como si el plato hubiera sido concebido para que el tiempo se detenga en él: la carne se deshace, la salsa roja borbotea, y uno recuerda las páginas de "Divorcio en Buda", una de las novelas de Márai, donde todo arde en la memoria. En "Último día en Budapest", Sándor Márai rinde homenaje a su maestro Gyula Krúdy, figura legendaria de la bohemia literaria en las primeras décadas del siglo pasado, evocado bajo el nombre de Simbad, como el héroe de muchos de sus relatos, y también celebra ese mundo que fue desapareciendo con ellos de los grandes mercados populares y de las tenderas de nariz roja de tanto soplar, de las mañanas de invierno regadas en aguardiente de Trencsén, las palinkas, las cebolletas, el tocino y el pan de Soroksár.
En los cafés, no obstante, es donde Budapest muestra más abiertamente su alma. El New York Café, renacido tras la ruina del comunismo, con su teatralidad barroca de lámparas doradas, espejos y rumores de pianista. El lugar donde en otro tiempo estuvo el sillón gris en el que el escritor de ciencia ficción y esperantista Frigyes Karinthy derramó la tinta de la pluma que el camarero le había facilitado. Hubo un tiempo en que algunos distinguidos clientes del New York pedían con el café servicio de pluma y tinta, además de lengua de perro, un tipo de vainilla silvestre que se mezclaba con el tabaco para potenciar su aroma. Según parece, la causa de que todo esto desapareciera fue el sonado desliz de Karinthy. A él se debe eso del mundo es un pañuelo que nace de su teoría conectiva entre personas de los "seis grados de separación". Pero basta sentarse con un eszpresszó fuerte y un trozo de dobos torta —esa invención de capas de bizcocho, crema de chocolate y caramelo duro— para sentir lo que Márai llamaría "la elegancia del mundo perdido". En las mesas de mármol y las sillas tapizadas del New York aún resuena la cadencia de conversaciones que debatían sobre Thomas Mann o el destino de Europa.
Años después de ese "último día" consagrado por Márai y Krúdy, Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias se bebían el Danubio. Les daba igual el legendario y aristocrático tokay, que en tiempos remotos llegaba escoltado por cosacos a la mesa de Catalina la Grande, o ese mismo vino rojo con que Béla Kun, presidente en 1919 de la República Soviética Húngara, obsequiaba a Lenin. Pero no solo libaban el afamado néctar, también hacían gárgaras con el popular y vigoroso Egri Bikavér, sangre de toro, con cuyo nombre se relacionan varias historias curiosas. La más extendida cuenta cómo las mujeres de la vieja ciudad de Eger, en la región del norte donde se produce, homenajeaban a sus hombres con enormes jarras antes de sus batallas con los turcos, hasta que las barbas de los guerreros adquirían la tonalidad roja del vino derramado. De esta manera, los turcos preferían abandonar el combate antes que enfrentarse a los húngaros que bebían sangre de toro para fortalecerse. Se sentían derrotadas antes de comenzar la batalla.
Queda esa evocación postrera de mi "último día" en Budapest, del pogácsa —pequeños bollos de queso y manteca– del desayuno; del almuerzo en la víspera en el restaurante Gundel, o de esa cena en el Bastión de los Pescadores, en Óbuda, con una botella de vino blanco Leányka transilvano acompañando un filete de lucio perca, y de la música de aquel violín que flotaba entre las mesas. Entonces, no lo olvidaré, el Danubio brillaba como una cuerda de plata y la vista desde la colina parecía pintada para el recuerdo.
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