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alejandro basteiro

Javier García Rodríguez y la ilusión del sentido

Esto es nuevo: escribir después de JGR. En palabras del padre Mauri, su voz vencida por las lágrimas en tu memorial: "Manda huevos". Pero aquí estamos, ejerciendo desde la periferia de un corazón circunstancialmente consumido por la pena, usando la segunda persona como hacen a veces los bienquedas plumosos, creyendo que así le ponen extra de feeling al obituario para que les quede más jugoso. Quizá seas tú el único capaz de apreciar todos los matices de la ironía y celebrarla con una carcajada. Quizá algunos piensen que estoy siendo irrespetuoso. Quizá no te conocen.

No tengo ni idea de cómo hemos llegado hasta aquí, Javier, pero nunca habíamos estado tan lejos de casa y, aunque nos dejas el mapa (toda una Metaguía Campsa con notas al margen y al pie, autógrafo de Oteliña y una receta vitalicia para sacar Lyrica de la farmacia), tú nos hacías mucha más falta. Pero no vengo a quejarme, a despedirme o a llorarte, sino a sentirte cerca y dar continuidad a tu guateque de lucidez, sabiéndome hermano de todos los que bailan en la pista. Lo de estos días ha sido asombroso: hay algo erigido en el centro de tu ausencia todavía reciente, una irradiación palpable, un calor que nos convoca –a muchos de cuerpo, a todos de lo otro– para seguir pinchando, remezclando y sampleando tu legado incluso en estas horas tan bajas, cuando parece que nos están dando las luces para echarnos a la calle.

Todo el mundo está de acuerdo en que cuando se disipe el shock de tu partida seremos más conscientes aún de la extraordinaria durabilidad de tu labor humana, intelectual, académica y social, de la disparatada dimensión y calidad de los vínculos tejidos alrededor de tu persona. Este eres tú, creo, incluso por encima de tu desmesurada potencia literaria: un nexo omnidireccional y luminoso en esta maraña ingrata, un facilitador para la concatenación y encabalgamiento de inteligencias sensibles, un demiurgo de complicidades.

Una vez, en un café de Oviedo que ya no existe, me dijiste que escribir no es obligatorio, y me lo tomé como una absolución de mis tormentos. Con el tiempo he entendido que estabas sugiriendo otra cosa: escribir, aunque no tenga mucho sentido, no deja de ser un privilegio. Sentido es la palabra que desde el pasado viernes vuelve a mí como un yoyó aserrado, una y otra vez, lastimándome los dedos. Te recuerdo haciendo un comentario irónico acerca de una jaculatoria que puse al final de un texto, "que no decaiga la ilusión del sentido", porque tu trademark autorial (perdóname) es el nonsense, el sinsentido. Este ha sido, probablemente, mi mayor desacuerdo literario contigo, porque yo necesito creer que escribir, la literatura, consiste en elaborar una simulación funcional del sentido ausente en la realidad, y más en días de mierda como estos. Así que, con tu permiso y para satisfacción de ambos, intentaré darle una resolución a este conflicto con las palabras que me quedan.

He llegado a la conclusión de que tu excelencia en las suertes del collage lingüístico y otras palabrujerías varias es una diversión en toda la magnitud etimológica del término. Un juego, por supuesto, pero también un descarrilamiento calculado, un subterfugio. Al leerte obedecemos el engaño y entramos al trapo de tu verso lúdico y bien templado, pero es tu mano izquierda la que mata. Moviola, a cámara lenta: nos convenciste de que no existe un sentido posible ni deseable para todo esto, lo vivido y lo escrito, para luego deslizárnoslo de extranjis, munífico como un donante proppiano (XIV. El objeto mágico pasa a disposición del héroe), como si fueras una abuela pasándole mil pelas a un mocoso. Y ahora que tengo que hacerme a la idea de abandonar la segunda persona y el tiempo presente en mi conversación contigo, y sé que no leerás el libro que estoy escribiendo gracias a ti, he ido a buscar ese sentido en mis bolsillos y resulta que era solo una ilusión. Y la ilusión –eso también nos lo dejaste claro, Maestro, y aquí se termina nuestro disentimiento– no hay que perderla nunca.

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