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Opinión

La cesta del tesoro

Las subidas de precios en el supermercado

Viene a cuento lo del vendedor ambulante que, preocupado por reducir gastos en el negocio, decidió ir menguando el forraje del burro con el fin de acostumbrarlo a no comer, pero cuando parecía que el burro se arreglaba sin probar bocado, tuvo la poca vergüenza de morírsele de hambre. Cabe también, en hablando de penurias para llegar a fin de mes, el caso de un matrimonio que se descompaginó: ella vendió su cabello para comprarle un entrecot a su marido, y él la dentadura para regalarle a ella champú de cebolla.

En efecto, a pesar de que los índices macroeconómicos nacionales son la repera, los autónomos sufren, Cupido se desconcierta, los jubilados se afligen, la clase media desaparece, no se atreve a pisar la calle. Cada día pesa menos la cesta de la compra; un huevo cuesta un huevo, valga la tautología, como si fuera de Fabergé o de la gallina de Esopo. Antiguamente llenaba yo el carrito de Alimerka con solomillo, aceite de arbequina, gambas y gabardinas, patatas con bacalao, garbanzos y salchichón de Ezequiel; hoy, para no atracarme a mí mismo, compro lo que puedo cargar en el bolsillo de la camisa: una zanahoria, dos velas y voy que chuto. Se trata de hacerse uno a ingerir menos, a vivir menos, a sobrevivir en punto muerto.

Si Perrault fuera ovetense actualizaría su cuento: el Lobo, antes que violar a Caperucita en el parque de San Francisco y zamparse a la abuela donde el Escorialín, sólo pensaría en arrebatarle a la niña la cesta de mimbre, cargada (según revela la IA) con leche, miel, tarta de manzana, mantequilla, vino dulce, mermelada de arándanos y un frasco de Clé de Peau Beauté.

En otros tiempos nos preguntábamos si habría vida en otras galaxias, con la misma inquietud con que una garrapata pregunta a otra: "¿Crees que hay vida en otros perros?". Pues bien, la existencia, la resistencia, al cabo del año se ha complicado para pensionistas, autónomos, semovientes, enamorados, caperucitas, abuelitas y no digamos para escritores. Sólo le va bien a España.

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