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Otra oportunidad perdida

Los españoles hemos sido incapaces de conmemorar de forma conjunta el aniversario de la muerte de Franco

La utilización de la figura del dictador, como arma política arrojadiza, ha impedido que los españoles recordemos juntos el cincuenta aniversario de su muerte. Se trata de una nueva ocasión perdida para demostrar que somos capaces de enfrentarnos juntos al pasado, aunque sea con ideas y percepciones diferentes, con el único ánimo de saber de dónde venimos.

La programación, por parte del Gobierno, de 200 actos a lo largo del año en que se cumple el medio siglo de aquel significativo 20 de noviembre de 1975 no ha sido más que una apropiación partidista y propagandística. Resulta muy loable, en cambio, que instituciones privadas, medios de comunicación, asociaciones culturales, universidades... –lo que llamamos la sociedad civil– organicen actos culturales coincidiendo con el aniversario. Pero no puede ser el Gobierno quien nos diga qué tenemos que conmemorar, o no, y cómo hemos de hacerlo.

He tenido que consultar en el diccionario el significado exacto de la palabra conmemorar, no vaya a ser que hagamos un mal uso del término. La Real Academia nos habla de dos acepciones. La primera: "recordar solemnemente algo o a alguien, en especial con un acto o un monumento". La segunda: "celebrar una fecha importante". No me siento cómodo con ninguno de los dos conceptos.

En mi opinión, la muerte en la cama del anciano general superlativo –afortunada expresión de Miguel Angel Aguilar en su libro "No había costumbre"– no merece ni solemnidad ni celebración. A Franco no lo apeó del poder ni el pueblo español, ni la entonces oposición clandestina, sino la implacable naturaleza. Otra cosa es el franquismo, que sobrevivió al dictador y que solo fue derrotado desde dentro de sus propias filas –el histórico harakiri– con el inestimable apoyo, eso sí, de la llamada oposición democrática.

Confío en que, cuando llegue el momento, el Gobierno conmemore –o incluso celebre– con el mismo entusiasmo la Transición, la llegada de la democracia, la Constitución. Por falta de fechas simbólicas no va a ser: el referéndum sobre la reforma política el 15-D de 1976, las primeras elecciones generales el 15-J de 1977, la aprobación en referéndum de la Constitución el 6-D de 1978, las primeras elecciones generales democráticas el 1-M de 1979...

Quiso la casualidad que los días previos a nuestro 20N uno los viviera en Praga. Con el aniversario de la muerte de Franco ya en la cabeza, hizo el recorrido turístico habitual por la capital checa. La actual Chequia tiene tras de sí una historia reciente con muchas fechas susceptibles de enfrentamientos y divisiones sociales, y también de recordar, fechas que se pueden seguir a través de excelentes museos y muestras públicas sin que se observe una especial polarización.

La Segunda Guerra Mundial y el Holocausto (300.000 muertos, la mayoría judíos), la feroz represión del comunismo (hasta hace solo 36 años), incluso la disolución de Checoslovaquia en dos países (hace sólo 32 años) no han impedido a los checos mostrar su historia reciente. Un sentimiento de envidia resulta inevitable. Claro que ellos son los artífices de la "revolución del terciopelo" o "el divorcio de terciopelo". Y el terciopelo no es precisamente el tejido que asociaríamos a España, a la que le va más la áspera tela arpillera.

Hablaba al principio de que este 20N está siendo otra ocasión perdida –una más– de demostrar en público la unión de los españoles, dentro de nuestra diversidad. No hemos sido capaces de organizar una gran exposición contando asépticamente qué fue el franquismo, con las visiones diferentes de unos y otros, ni un acto en el que celebremos lo que nos une, que algo quedará. Lo que mañana veremos en el Congreso lleva pinta de ser una demostración de desunión más que de unión.

Los españoles podemos tener opiniones muy encontradas sobre casi todo, pero si en algo estamos de acuerdo hoy, muy mayoritariamente –solo hay que ver la participación en las elecciones–, es en que no queremos vivir en una dictadura, sino en un país democrático, pese a que muchos se empeñen en insistir en lo contrario, a saber por qué intereses. Lo demostramos durante la Transición y también en empeños comunes como la lucha contra el terrorismo, y deberíamos demostrarlo ahora frente a los retos que tenemos por delante. La desunión –tan alentada por nuestra clase política– vuelve a dar la victoria a Franco.

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