Opinión
El desencuentro
El acto del Palacio Real y la realidad política española
En el Palacio Real se han reunido las personalidades de más alto rango del Estado con motivo del aniversario de la coronación de Juan Carlos. El evento se convirtió en una celebración del proceso que concluyó con la instalación de la democracia en España. Los cuatro discursos pronunciados pusieron un énfasis especial en las actitudes cívicas que hicieron posible aquella gesta, largo tiempo soñada por muchos españoles, y distinguen a un verdadero demócrata. Los asistentes siguieron las intervenciones con rostro serio y reconcentrado. Rajoy, absorto, estiraba el cuello para escuchar mejor, sin permitirse siquiera un parpadeo. Aunque ninguno de los oradores se acordó de Franco, el acto se vio envuelto en cierto aire de nostalgia y melancolía. De alguna manera, pareció que la cita se estaba desarrollando en un lugar apartado, ajena a la realidad actual de la sociedad española, sensación que se agudizó por las numerosas ausencias. Como si los presentes, con excepciones fácilmente reconocibles, fueran muy conscientes de que no forman parte de la corriente principal que arrastra a la política española.
La formalidad y el sosiego que transmitían las imágenes de la ceremonia regia contrastaban con el bullicio creado por las primeras reacciones al fallo que inhabilita al fiscal general. Las declaraciones de políticos a favor y en contra, cada vez más explícitas, se fueron sucediendo a un ritmo vertiginoso. Miembros del gobierno y portavoces de los partidos que apoyan a la coalición hablaron de sentencia política, vergüenza, golpe de estado. La oposición, interpretando que el fallo suponía una condena del Ejecutivo, no tardó en pedir, haciendo una extraña mezcla, la convocatoria de elecciones y la dimisión de Pedro Sánchez.
Con un estilo propio, Ayuso volvió a actuar por su cuenta. Convocó una rueda de prensa a la misma hora que los presidentes de las Comunidades Autónomas acompañaban al rey. Compareció con notable retraso, leyó un discurso y se esfumó sin admitir preguntas de los periodistas. Se identificó como el enemigo político número uno de Pedro Sánchez, a quien tachó de dictador y reprochó estar conduciendo el país hacia el guerracivilismo. Las arengas de Ayuso suelen desentonar en su partido, poniendo en apuros a su líder y, lo que produce mayor inquietud, desborda la expresión en términos democráticos de una posición política, cualquiera que sea.
A la invitación del rey solo acudieron el PSOE y el PP. Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo estuvieron separados por unos metros, pero la distancia política entre ellos es de miles de kilómetros. El presidente del Gobierno llama a defender la democracia de los bulos y los abusos de poder, señalando con alusiones de incógnito, que no obstante se entienden bien, a la confabulación de las derechas. En el interior del PP se asienta la idea, elaborada por Aznar, de que es el único partido que aún se mantiene leal a la constitución en el panorama español. El líder de Vox no desaprovecha ocasión para calificar de totalitario al Gobierno y a su presidente. El PSOE y el PP se erigen ambos en protectores de la democracia, pero la defienden cada uno por su lado y atacando al otro. Pedro Sánchez no ve mayor peligro para nuestra democracia que un gobierno de la derecha y alerta sobre las consecuencias de una eventual victoria electoral del PP, y Feijóo ha diagnosticado que la democracia se está yendo a pique en España por obra del gobierno actual y clama por llegar al poder para rescatarla.
Si no tiene un punto de encuentro, la democracia se estanca o directamente resulta imposible. Al respecto, la experiencia de los españoles es prueba insuperable de ello. La democracia exige un acuerdo mínimo en torno a las bases de la convivencia, principios y valores, las reglas del juego y la actitud que deben mostrar ciudadanos y políticos en su relación. Eso es lo que ocurrió por fin en la Transición. La necesidad histórica y el azar, que también interviene en política, hicieron coincidir en aquellos años cruciales a políticos de capacidad extraordinaria, movidos sobre todo por un sentido de la responsabilidad ejemplar. Medio siglo de rodaje es un periodo suficiente para que, con todos los peros que se quieran, haya arraigado con alguna firmeza en la sociedad española una tradición democrática. Sin embargo, nuestra vida política discurre bajo el signo del desencuentro. Cuesta citar algo en lo que partidos rivales estén de acuerdo o al menos sea objeto de una conversación civilizada entre ellos. Estamos en el momento más discordante desde la Transición. Y así, de la democracia solo queda una fachada deslucida y la sociedad no avanza. La cuestión es muy sencilla. Consiste en conjugar lealtad institucional con respeto a los ciudadanos y al adversario, y que los políticos dirigentes hagan un pequeño esfuerzo por mejorar las cosas.
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