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Opinión

La mina muere matando

La última tragedia minera en Asturias

La reciente tragedia minera en Cangas del Narcea llega demasiado pronto tras el accidente de Cerredo. Con apenas un puñado de explotaciones abiertas, que siga habiendo muertos en los pozos confirma la peligrosidad del laboreo minero. Y deja a la población de las zonas afectadas sumida en un sentimiento obtuso, mezcla de dolor e incredulidad. En un sector que se encamina a su final, los riesgos persisten, quizá aún más concentrados en explotaciones envejecidas o técnicamente complejas. La minería mengua, pero el peligro no.

Entre los fallecidos se encuentra un trabajador de la comunidad caboverdiana asentada desde hace décadas en Laciana, cuya historia ilustra cómo el carbón atrajo vidas y esperanzas desde tierras lejanas, a uno y otro lado de la cordillera.

La repetición de accidentes reabre preguntas incómodas: ¿Se están tomando todas las medidas de seguridad indispensables? ¿Se vigilan las explotaciones con el rigor necesario? ¿Se protege de verdad a quienes sostienen con su trabajo un sector en retirada? Mientras existan explotaciones activas, la seguridad no puede quedar en un trámite ni en una estadística.

Estas muertes reverdecen también la dignidad de un oficio que, aun cuando se considere residuo del pasado, sigue exigiendo profesionalidad y valentía. La transición energética no puede construirse sobre la resignación de quienes aún bajan al tajo. Las cuencas mineras merecen futuro, pero también respeto hacia su presente. Y ese respeto empieza por garantizar que ninguna vida más quede enterrada bajo el peso del derrabe de un sector que agoniza.

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