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¿Populista o sinvergüenza?

Gobernar sin el Parlamento y sin Presupuestos, la enésima chulería

Exageran quienes ven en el rostro de hormigón de Pedro Sánchez el retrato de un caudillo populista. Cierto es que existen indicios de cierta deriva institucional, de tono bananero: un Gobierno que dispone al Parlamento en “modo avión”, para que no incordie mientras abusa del decreto; y unos Presupuestos que, al parecer, son opcionales, como el postre en la comanda. No esperen que el jefe del Ejecutivo se asome algún día a la balconada de la televisión amiga con el chándal del equipo olímpico. Por ahora no ha pasado de la chupa de cuero y el disco de Rosalía bajo el brazo.

La renuncia a presentar las cuentas se explica desde el poder sin la menor sutileza: “No hay mayoría”. Una revelación que, en la antigua normalidad, cuando la democracia no parecía una barraca de ferias, conducía directamente a la convocatoria de elecciones. Sin embargo, en esta época de flexibilidad elástica, la solución se antoja más creativa: si presentar las cuentas es quedar en la evidencia de que no se dispone de apoyos, moraleja: no las presentes.

Así avanza la democracia líquida: sin Presupuestos, con decretos-ley como comodín y con una interpretación constitucional estilo buffet de restaurante chino. Una nueva normalidad donde el Parlamento es un accesorio decorativo y gobernar sin él, una travesura perfectamente asumible.

El Gobierno se toma tan en serio la separación de poderes que ha separado al Parlamento de todo poder real. Y va camino de maniatar al judicial con la ley Bolaños. Lo de Sánchez no es populismo: es más bien desvergüenza. O sinvergonzonería.

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