Opinión
La prevención como compromiso, la igualdad como camino
La necesidad de atajar la violencia de género y acompañar a las víctimas en el ámbito laboral
Esther González Díaz es CEO en 7evelup.net, plataforma para el impulso de mujeres emprendedoras y empresarias; asociada de Mujeres de Empresa
Cada 25 de noviembre vuelvo inevitablemente a mis primeros años de trabajo acompañando a mujeres que buscaban una salida a la violencia. Recuerdo especialmente a una mujer que llegó a mí con la voz casi apagada. "Solo necesito que alguien me escuche", dijo. Aquella frase, que parecía sencilla, contenía toda la renuncia, el miedo y la fuerza de quien lleva demasiado tiempo resistiendo en silencio. Fue una de las primeras historias que me recordó que la prevención no es un concepto teórico: es una tarea urgente, humana y diaria.
A lo largo de estos años, como especialista en Prevención de Violencia de Género, he aprendido que la violencia rara vez comienza con un golpe. Antes aparecen formas sutiles de control: comentarios sobre la ropa, interrogatorios disfrazados de preocupación, la revisión del teléfono, los celos presentados como prueba de amor. Muchas veces, cuando una mujer llega buscando ayuda, ya ha normalizado tanto esas dinámicas que le cuesta reconocerse como víctima. Y es ahí donde empieza nuestro trabajo: ayudar a mirar con otros ojos lo que ha aprendido a soportar.
Mi labor profesional se ha enriquecido profundamente gracias a mi participación en Mujeres de Empresa, un espacio plural donde mujeres autónomas, empresarias y profesionales trabajamos por la igualdad desde lo económico, lo social y lo educativo. Impulsamos programas de sensibilización y acciones comunitarias que muestran que la violencia de género no es un asunto ajeno al ámbito laboral. Muchas mujeres sufren violencia mientras continúan con su jornada diaria, con una sonrisa automática, intentando que nadie note su angustia. Por eso es esencial que las empresas dispongan de protocolos, formación y una cultura organizacional que no dé la espalda a este problema.
En mis talleres con jóvenes suelo escuchar frases que me preocupan: "Solo le miro el móvil porque me importa" o "si se enfada es porque me quiere". Esas ideas, que parecen inofensivas, son el caldo de cultivo de relaciones desequilibradas que pueden derivar en violencia. La prevención empieza ahí: en enseñar a identificar los límites, el respeto mutuo y la importancia del consentimiento.
He acompañado a mujeres que han tenido que reconstruirse desde cero, a adolescentes que descubrieron que el amor no debería doler y a familias que vivieron demasiado tiempo en silencio. Pero también he visto una enorme resiliencia: mujeres que, tras meses de acompañamiento, me han dicho que han vuelto a dormir tranquilas; jóvenes que han cortado relaciones tóxicas antes de que fuera tarde; equipos de empresa que han reaccionado a tiempo cuando detectaron señales en una compañera.
La ciudadanía suele preguntarme qué puede hacer. Mi respuesta siempre es la misma: más de lo que imagina. Escuchar sin juzgar, creer a quien se atreve a hablar, acompañar sin presionar y jamás minimizar señales de maltrato. La violencia de género no desaparece ignorándola, sino nombrándola. También necesitamos revisar nuestras conversaciones, nuestros chistes, nuestras ideas heredadas. La prevención no es solo formación: es un ejercicio colectivo de responsabilidad.
Como miembro de MDE, sé que el cambio también pasa por impulsar la autonomía económica de las mujeres, una de las principales barreras para romper con la violencia. La independencia financiera es, a menudo, la llave que abre la puerta de salida.
Este 25 de noviembre renuevo mi compromiso. Sigo trabajando porque sé que la violencia de género es prevenible y porque aún hay mujeres que no pueden alzar la voz. Mientras exista una sola que viva con miedo, seguiré nombrando este problema, acompañando, previniendo y recordando que la igualdad no es un destino, sino un camino que debemos recorrer juntas.
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