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Opinión

Demagogia, clientelismo y propaganda

¿Cómo puede sobrevivir un gobierno acorralado por el hedor nauseabundo de la corrupción, sometido a los vaivenes de unos socios de pésima calaña, condenados unos por sedición y albaceas testamentarios, otros, del terrorismo más sangriento? ¿Con qué ánimo se acomete la osadía de agotar una legislatura muy limitada ya de aliento, con apoyos cada vez más escasos y sin colchón presupuestario? ¿De qué manera mantener en pie los palos del sombrajo , con familiares muy próximos asomándose al banquillo de los acusados?

Mientras Sánchez remueve la pota azuzando en la combustión gases inestables para atufar a jueces y periodistas no adscritos a la cofradía del amén, el Congreso le recordó esta misma semana lo que ya murmura hasta el ujier de la cámara: que gobierna con menos escaños que paciencia le queda al país. Ha pasado de los 179 votos que lo auparon a la poltrona a un bloque opositor de 178 que le sopla en la nuca. Y él, rodeado de socios que caben en un taxi, se empecina en agotar los plazos como si lo que aun le sustenta conformaran una mayoría y no una tragicomedia, cuando no un sainete.

Mientras el azucarillo se diluía, el Senado se convirtió durante unas horas en el mausoleo de la decencia socialista, en el homenaje póstumo a Javier Lambán. Por allí desfilaron piezas de colección, referencias de lo que algunos llaman despectivamente el “viejo PSOE”. Pero el partido socialista, tal como lo conocimos, ya no existe: ha quedado reducido a un empaste de demagogia, clientelismo y propaganda.

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