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Opinión

La boca cerrada de Vox

Las encuestas revelan la cercanía de los jóvenes a la extrema derecha

Los casos de corrupción en el PSOE, que han levantado una pila de cucho a las puertas de Moncloa, y la falta de contundencia del PP, que se debate entre el enfado con sabor a tisana de Feijóo y el histrionismo patibulario de Ayuso, dan alas a las aspiraciones electorales de Vox. Crece el apoyo popular en favor de la ultraderecha, al decir de los sondeos, especialmente entre los jóvenes.

De ser cierta esa corriente de opinión, Santiago Abascal debería sellar su boca con cinta aislante. No por autocontrol, que sería pedirle avellanas a un peral, sino por puro instinto de conservación: cuando tus rivales políticos cavan su propia fosa con entusiasmo olímpico, lo último que necesitas es significarte.

Los jóvenes —agotados de precariedad, condenados al papel permanente de becarios y sin opción de un techo estable— observan el espectáculo y, en su desesperación, tienden a confundir el ruido con la solución. Debe ser terrible asomarse a la treintena en una habitación con las paredes llenas de pósteres de adolescente.

A la vista de semejante panorama, no es que Vox seduzca, es que los demás repelen. Y por eso Abascal debería callarse: cada vez que habla, corre el riesgo de recordar que su proyecto es un caramelo que deja en la boca sabor a naftalina.

Si queremos un país mínimamente sensato y tolerante, quizá llegó la hora de que quienes aún conservan el centro político procuren entenderse. Porque los extremos no ganan por méritos propios: ganan cuando el resto se empeña en perder.

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