Opinión
Pedro de Silva sigue "asomáu" al futuro: "¡Por allí resopla!"
El expresidente fetiche de Barbón marca un nuevo reto como región: ¿quién se atreverá a perseguirlo?
A Pedro de Silva le llamaban "el asomáu" cuando Asturias era todavía un experimento de laboratorio. El apodo, muy propio de la sorna asturiana, le venía por la barba, como de capitán Ahab, en una comunidad autónoma que fraguaba su propia existencia. Pero seguro que no nació pensando en esa costumbre tan suya de asomarse siempre un poco más allá del marco de la ventana institucional. Pedro de Silva ha sido un buen cazador de ballenas blancas, aunque raras veces los demás las viéramos al mismo tiempo que él. Hoy todos alabamos su visión de futuro sobre la marca "Asturias, paraíso natural" o el "invento" del turismo rural. Pocos lo identificaron entonces. La historia siempre es, al tiempo, injusta y justiciera.
Cuarenta años después, el "asomáu" volvió a asomarse. Ese es un privilegio que no todos tienen: la libertad para decir lo que uno piensa sin pensar en adhesiones o críticas. Pedro de Silva se subió este jueves a la tribuna regalada por la Fundación José Barreiro, en un escenario tan simbólico como el Aula Magna del edificio histórico de la Universidad de Oviedo. Fue una clase magistral. Estaban los alumnos destacados en primera fila: Adrián Barbón como introductor; algún consejero en las bancadas más cercanas; sindicatos y patronal ajustando pañuelo o corbata, según tocase. La política entera tomaba nota (salvo alguna ausencia de quien encadena ausencias, lamentablemente). Hablaba el viejo capitán ballenero, hoy más druida que pirata de pata de palo en el puesto de mando.
Sin arpón, pero con memoria, Pedro de Silva se puso frente al casi nieto político (querido y sinceramente reconocido) que gobierna la misma mar en otra época y con otro oleaje. Barbón es un maestro en esa cocina de la urgencia que consiste en abrir la nevera presupuestaria y, con dos huevos, un resto de fabada y un cartón de leche caducado, inventar un menú razonable para ocho. De Silva, en cambio, sigue empeñado en escribir la carta del restaurante que todavía no hemos montado. El expresidente se ha mudado a la parcela de soñar la Asturias que seríamos si nos atreviéramos otra vez a hacer lo que nadie quiere firmar. Tiene licencia para ello. Y todo el derecho.
Pedro de Silva aún tiene la capacidad (y el poder) de ponerle un espejo al sistema político. A sus 80 años, sin necesidad de medir el coste electoral de cada palabra, sin pensar en si le saldrá un "tuit" molón o una reflexión de Instagram que recaude "likes", el expresidente ha vuelto a ofrecer una hoja de ruta para Asturias y a reclamar dos cosas que son casi un ingrediente subversivo en los tiempos políticos que vivimos: revisitar la "pócima mágica" de la "pax asturiana" y trascender los corsés ideológicos para pensar desde la lógica del sentido común, que no tiene ataduras de partido. De Silva habla desde la autoridad moral de quien estuvo, decidió, se equivocó, acertó y se fue. ¿Cabe una atalaya con más privilegio?
La poción mágica que Asturias necesita volver a cocinar, según De Silva, es precisamente esa "pax asturiana" que salvó muchos debates fundamentales en la constitución de la identidad regional y en su trayectoria económica y política. Es decir, la capacidad de consenso para abordar los grandes retos que, como comunidad autónoma, están sobre la mesa.
Cuando el expresidente habla de "pax asturiana" no está apelando a una nostalgia vaga, sino a una metodología concreta: los momentos en los que Asturias fue capaz de llegar a acuerdos de fondo para resolver problemas de fondo. Esa es la fórmula que Pedro de Silva reclama volver a preparar "de tarde en tarde". Y al verbalizarlo, lo que está diciendo, sin decirlo, es que hoy no se está preparando. Ya nadie cocina el pacto; la política asturiana se ha instalado en el gesto corto, la disputa de baja intensidad, las guerras culturales importadas y el ruido parlamentario de turno, pero evita abordar, con esa lógica de acuerdo de país, los asuntos que él puso sobre la mesa. ¿Quieren detalles? Hablemos de un nuevo acuerdo sobre nuestra identidad natural; otro relativo a nuestra identidad cultural; discutamos la necesidad de abordar de verdad los retos del área central o nuestra relación con la periferia de las alas; revisemos el encaje de nuestro relato como región en un marco nacional y europeo. Y, también, abordemos un debate serio sobre la eficiencia de los servicios públicos.
Ha habido dos asuntos en los que el discurso del reverenciado expresidente ha chocado de lleno con la posición de su propio partido, más allá del dogmatismo ideológico. Pedro de Silva, que inventó la épica del autogobierno sin levantar la voz, ha venido a recordarle al PSOE que un partido que ha sido constructor no puede conformarse con ser administrador. Esos dos asuntos están en la concepción del "servicio público" y en el callejón sin salida de la fiscalidad. Vayamos por partes.
Para Pedro de Silva, el servicio público se mide en cosas muy concretas: tiempos de respuesta, calidad de la atención, accesibilidad en el territorio y uso responsable del dinero que se recauda. Distingue con claridad entre la defensa del Estado de bienestar, que considera irrenunciable, y la defensa acrítica del aparato administrativo, que rechaza. Ha dicho sin rodeos que una parte nada pequeña de las administraciones es ineficiente y que en los servicios públicos existen bolsas claras de ineficiencia junto a áreas que funcionan como si fueran "de otro mundo".
¿Qué propone? Tres líneas muy prácticas: primero, auditorías de gestión sistemáticas en todas las áreas para detectar dónde se desperdician recursos y qué se puede corregir; segundo, revisión y simplificación de procedimientos, aligerando trámites hasta el límite que permitan las normas materiales, para que la burocracia deje de ser un muro y pase a ser un instrumento; tercero, asómbrense, no descartar la externalización de tareas cuando se demuestre que mejora el servicio; es decir, que el criterio no sea ideológico, sino funcional. Si algo se presta mejor, más rápido y con más calidad, debe considerarse. A esto suma un principio operativo muy claro: introducir el "factor de proximidad al usuario" como referencia en sanidad, educación o servicios sociales, aunque resulte menos rentable en una hoja de cálculo, porque el servicio público está al servicio del ciudadano, no al revés. Y remata con una idea dura pero muy precisa: no hay que confundir el "Estado de bienestar con el bienestar del Estado". Las decisiones han de ir orientadas a una mayor eficiencia pensando en el usuario, no en la comodidad del funcionario que administra y gestiona expedientes.
El segundo asunto peliagudo que abordó el expresidente (al margen de otros de gran calado simbólico, como la defensa de un nuevo pacto más sincero sobre nuestra etiqueta ambiental) fue el del relato fiscal. De Silva parte del dogma: si queremos buenos servicios públicos hay que pagarlos con impuestos suficientes y estables, y no existe atajo posible ni en la deuda ni en la ingeniería contable. Pero a partir de ahí reparte responsabilidades hacia arriba. Primero, al Estado, por consentir "asimetrías" que han desfigurado el mapa tributario, generando una competencia desleal entre comunidades. El expresidente reclama armonización y reglas claras, pero también advierte de que, con la corriente fiscal soplando en otra dirección, levantar la bandera propia no puede llevarnos a ser una "isla fiscal" que aleje inversiones y oportunidades.
El Gobierno asturiano ha tomado buena nota. De Silva es un referente personal para Barbón, pero no deja de ser una fuerza ajena a consignas. El expresidente no discute el esfuerzo por sostener la sanidad pública, ni la apuesta por deducciones para natalidad o juventud, ni la negociación presupuestaria milimétrica. Lo que sí hace es recordar algo esencial: si Asturias no vuelve a levantar una agenda de país para las próximas décadas, acabará reducida a una administración razonable de lo que vaya quedando. Para encontrar nuestro lugar en el mundo debemos tener nuestra casa bien ordenada y contar con una mirada a largo plazo.
Pedro de Silva está de bolos como nuestro oráculo de Delfos particular, en parte por la publicación de sus memorias dialogadas con el excompañero (Julio) César Iglesias. Bien está siempre recurrir a la visita a las sibilas. En especial a aquellas que, pese a tener a la espalda el mayor peso de su memoria, aún se animan, sin miedo, a perseguir ballenas.
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