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Los lienzos de la piel

Qué tiempos aquellos en los que tatuarse tenía algo de gesto inspirado en una humilde insurgencia. Un conato de rebeldía epidérmica. No se trataba de una apuesta (so)meramente estética, sino casi, casi existencial. Una variante inofensiva de los grafitis, que son a menudo expresiones mudas de un descontento. Los tatuajes eran una vía rápida hacia una lenta progresión reivindicativa: hay que ser distintos. Diferentes, ¿raros? Como declaración de identidad tenía un componente ingenuo, como exhibición de disidencia no era muy temible. Funcionaba mejor como testimonio de una gestión de gustos y devociones (musicales, sentimentales, políticas...). Había algo audaz en los dibujos con los que los marineros se hacían a la mar, en las prisiones se liberaban mensajes de cara a la galería, los artistas extendían sus formas de entender el mundo (o de desentenderse de ellas). Cartografiar la piel marcaba un rumbo, a veces por la falta de él. Más retos que reglas.

Ese tiempo ya es historia. El tatuaje perdió su razón de ser rupturista para ser un producto más de consumo y exhibicionismo. Lo que fue raro ahora es convencional, extendido no solo por todo el cuerpo (hay cuerpos que apenas tienen espacio para más arabescos de tinta), sino por todas las capas sociales. Altas, bajas y medias. El mercado se ha zampado a dos carrillos lo que antes tenía afán de provocación. La publicidad, el bazar de los influencers, la fauna de los realities, la llovizna de estrellas... Hay romances del famoseo que no parecen serios si la pareja no se exhibe ante el mundo con un tatuaje que, si la historia sale mal, puede ser un engorro para borrar los restos del naufragio. Y lo que fue un signo de distinción ahora es un recurso para tener sentido de pertenencia. De huella con memoria a eslogan de identidades comunes. En fin, es comprensible si tenemos en cuenta que la vestimenta y complementos ya son una forma de marcaje estrecho y viral. No sería descabellado que algún día la transgresión tenga como símbolo la piel intacta, sin inscripciones al aire libre, para que el gesto deje de ser carne repicada de Instagram.

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