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Opinión

Juan Carlos contra los juancarlistas

Cada día se encuentra un motivo para denigrar a Juan Carlos I, desde el mismo flanco que lo transformó en una figura totémica, en una emanación sagrada. Los denunciantes del deterioro son los propios juancarlistas a quienes se presume arrepentidos, porque en ningún momento han abjurado públicamente de su fe pretérita. De repente, toda iniciativa del primer Rey de la democracia es repelente cuando no repugnante, salvo que Su Majestad no ha cambiado ni lo más mínimo. Los mismos negocios, las mismas mujeres, la misma familia, la misma prosodia averiada. El "pacto tácito" que yugulaba cualquier visión crítica como si fuera un desviacionismo antidemocrático fue traducido en la Zarzuela por una patente de corso.

El combate desigual del envejecido Juan Carlos contra el batallón de juancarlistas renegados se ha recrudecido con un vídeo anodino, tan desligado de la realidad que parece un mal remedo de la IA. El influencer coronado solo quería promocionar su libro de autoayuda con un puré de sus discursos de Navidad, recibidos antaño con el fervor que derramaban los adeptos de Brian en la película de los Monty Python. En cambio, el popurrí ha sido encajado como una agresión al país entero, nunca hay que fiarse de los respaldos multitudinarios.

Si Juan Carlos I tuviera capacidad para la ironía, apreciaría el derretimiento del Frozen para adultos que interpretó durante los cuarenta años de rigor, la traición del país que fabricó con esmero en su tiempo libre. Hoy no solo tiene que enfrentarse a los proletarios proLetizia, sino también a las clases medias que le jaleaban hasta las conquistas sexuales. Su último vídeo es tan desolador que ni siquiera merece la desaprobación de su heredero, porque los médicos han desaconsejado que sea contemplado en más de una ocasión. La interpretación actual del discurso del Emérito es la correcta, pero después de exigir cuanto menos una disculpa por la adoración pretérita. En España no hay juancarlistas, solo monárquicos.

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