Opinión
Marta de la Cera
Hizo posible la unión de la familia
Marta de la Cera Santiago es hija de Marisa Santiago y directora comercial del Grupo Lacera
Hay personas cuya influencia se construye sin necesidad de ocupar el primer plano. Personas que sostienen desde la serenidad, que impulsan desde la constancia y que dejan una huella profunda en quienes las rodean. Mi madre, María Luisa Santiago, Marisa, cofundadora del Grupo Lacera, fue una de ellas. Su fallecimiento deja un gran vacío, pero también un legado que permanece vivo en su familia, en la empresa y en todos los que la conocieron.
La historia de Lacera está íntimamente ligada a la vida compartida de mis padres: Marisa y de su esposo, Juan de la Cera. Tras la Guerra Civil, Juan se trasladó a Madrid para estudiar y preparar oposiciones a Telefónica, que aprobó, iniciando así su carrera profesional en Bilbao. Allí conoció a Marisa, la mujer que se convertiría en su compañera de vida y en la pieza esencial que sostendría, desde la discreción, el proyecto empresarial que estaba por nacer. Se casaron en 1954 y poco después se trasladaron a Asturias, donde Juan aceptó un cargo en Mieres. Allí comenzó a gestarse lo que años más tarde sería Grupo Lacera.

Los ocho hijos de Marisa Santiago y Juan de la Cera, el pasado 1 de octubre, en la ceremonia de entrega del premio «Familia Empresaria de Asturias» de Aefas, en el Club de Regatas de Gijón, junto a una imagen del matrimonio besándose. / Marcos Léon
A principios de los años 60, con apenas un empleado, una furgoneta y material básico de limpieza, Juan vio la oportunidad de profesionalizar un sector incipiente en España: los servicios de limpieza y mantenimiento. Convencido de que las grandes empresas necesitarían apoyo externo para el cuidado de sus instalaciones —como ya ocurría en otros países—, apostó por un modelo de negocio innovador que marcaría un antes y un después en el sector. En ese camino, la presencia firme de Marisa fue decisiva. Su capacidad de organización, su trabajo constante y su visión práctica dieron estabilidad a un proyecto que crecía al ritmo del esfuerzo familiar.
Pero más allá del crecimiento, el legado más profundo de Marisa es humano. Destacó su afán por mantener unida a la familia, su capacidad de escuchar, su forma de estar presente sin imponerse y de acompañar con serenidad. Era el punto de equilibrio y la referencia emocional del hogar. Y esa forma de cuidar trascendió la vida familiar: para Marisa, Lacera no era solo una empresa, sino una gran familia en la que cada trabajador importaba. Dentro de la compañía, Marisa desempeñó un papel tan decisivo como discreto. Fue la voz prudente en los momentos clave, la mirada clara que aportaba equilibrio, la referencia silenciosa que ayudaba a orientar decisiones importantes.
Su ejemplo, hecho de entrega, serenidad y humanidad, seguirá guiando a todos los que hoy forman parte de Lacera. n
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