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Políticos de Münchhausen

La mentira y la fanfarronada como estrategias del poder

Abundan en este país los políticos con vocación acrobática que tienen como modelo al Barón de Münchhausen, ese aristócrata alemán que aseguraba haber visitado la Luna sin cohete, bailado un vals en el estómago de una ballena y viajado a lomos de una bala de cañón. Un adorable creativo del siglo XVIII.

Si Münchhausen fue el maestro de la fantasía heroica, hay políticos que parecen los doctores honoríficos del currículum flexible. El barón decía que se sacó a sí mismo de un pantano tirándose de la cabellera. Algunos próceres, en cambio, se sacan títulos, másteres y doctorados por los pelos y luego engordan el historial mediante el sistema de “copiar y pegar”, que viene a ser la versión moderna de la levitación narrativa.

Resta por evaluar la relación de algunos de ellos con la verdad, esa criatura mitológica que aparece en discursos con la misma frecuencia que un unicornio en una gasolinera. Münchhausen, al menos, vivía feliz en su mundo de exageraciones, pero no pretendía que nadie tomara su palabra como guía política. Él mentía por fanfarronería, no por estrategia electoral. Los políticos, en cambio, han convertido la posverdad en un ejercicio de cardio de gimnasio: la practican cada mañana para no perder flexibilidad narrativa.

Si Münchhausen levantara la cabeza probablemente se sentiría honrado al ver cómo los políticos utilizan sus embustes como metodología de trabajo. Ocurre que las historias del barón eran, al menos, materia literaria. Las de algunos servidores públicos ni siquiera llegan a fábula con moraleja.

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