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Hay un tipo dentro del espejo

Carlos José Martínez es musicólogo

La noticia de la triste pérdida de Jorge Martínez, líder carismático e icónico de "Ilegales", coincide con el runrún de la publicación de la sentencia al ya ex fiscal general García Ortiz. No por tratar de evitarlo es menos chocante la idea, tal vez un tanto perturbadora, de integrar en unas líneas a modo de homenaje el devenir de unos hechos que de ninguna manera podrán impedir que al menos por unos instantes, mi mundo y el de algunos otros tantos músicos, se detenga para rendir pleitesía a uno de los artistas más significativos e influyentes de una generación casi extinta que ya no volverá. Una generación de malos tipos que hicieron de la reivindicación y del rock seña identitaria y bandera de la contrarrevolución cultural que a finales de los ochenta pulsaba en los garitos y en las salas de poca monta, con ecos internacionales y una repercusión impredecible e inesperada.

Como a una Alicia en el mundo mágico de Lewis Carroll, el tipo dentro del espejo enseñó por última vez los dientes ante la parca no sin antes, a buen seguro, rasguear de manera impenitente un último acorde lastrado hasta el último armónico de mala leche, de rabia y de talento.

Ahora que los gurús de la cosa reivindican un cambio paradigmático al escuchar el nuevo trabajo de la catalana Rosalía, convendría no olvidar y de paso reivindicar, que hace cuarenta años, el sonido duro, áspero y claro a un tiempo, ilimitado en resonancias y con una marcada base rítmica inconfundible, constituía un auténtico y claro cambio de paradigma. Con muy poco material sonoro cuánta música se podía y sabía hacer. De aquellas letras canallas, repletas de guiños introspectivos a la indecencia como proclama y a la rebelión como pretexto, a la paroxía sobre la que desnudaban e inquietaban las expectativas de quienes encontraban en cada verso una voz nueva, diferente.

Los discos no son sino la huella del paso del tiempo que se detiene a versos en cada gastado surco del vinilo. "Ilegales" no son un puñado de canciones, sino una experiencia vital transformadora que recorre las grietas de una generación maldita e insatisfecha, incompleta y plena de matices amargos. El apurado y febril acelerón de su frontman en cada performance no hacía sino presentar un póker descubierto de intenciones profundas, sustentadas en una música bien trenzada, en una interpretación pulcra y demoledora en no pocas ocasiones que no dejaba a nadie indiferente. La honestidad con la que Jorge vomitaba cada palabra, cada estrofa lo hacían único. La misma honestidad desde la que calzaba y vestía sin impostura alguna. Verbo ágil, mordaz y reivindicativo, duro y directo; lo amabas o lo odiabas. Como a su música, a sus canciones, a sus actuaciones extenuantes y ensordecedoras. Ni un macarra, ni un hortera. El tipo que sin pretenderlo se convirtió en una referencia para músicos menos viscerales, menos claros, más posibilistas, sí, pero menos… En México, en Argentina, en Estados Unidos; un público que esperaba como maná la llegada de Jorge y sus compañeros. Su voz, una proclama que esperanzaba sin ni siquiera pretender tal cosa. El legado de Jorge Martínez trasciende el propio arte. El grito mudo, la conciencia de artista con causa y clase que articuló en cada nota la demoledora responsabilidad de saberse profeta y puente entre una tradición y la huella no pretendida de sus composiciones más eruditas y diferenciadoras, no puede ni debe acallarse. No quedan voceros en el rock, ni latidos ausentes en su memoria. Tenemos la urgente necesidad de recordar y de trasladar que su música, su compromiso por encontrar verdad en cada armonía, siguen estando de plena actualidad. Y con ella, el hermoso y siempre nuevo legado de su grupo, su alma, Ilegales. En buena hora.

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