Opinión
La mano en el fuego
La elección de los cargos de confianza
Cuesta creer que si una persona con importantes responsabilidades políticas delinque, su jefe inmediato, o quien la aupó y le proporcionó capa y gorra, ignore sus debilidades y, llegado el caso, sea ajeno a sus fechorías, a su modus operandi y su modus vivendi. Los cargos de confianza se otorgan desde el afecto, casi desde la intimidad, valorando más la formación ética que la técnica. Puestos en los que se maneja información sensible requieren trabajadores leales. De ahí que a un electricista, por decir, pueda nombrársele ministro de Sanidad. El adagio calabrés dice: "Chi trova un amico trova un tesoro", pero ningún aforismo afirma que un electricista o un médico sea un tesoro.
Cuando elegimos a alguien para labores delicadas, nos aseguramos más de su honradez ínter nos que de su preparación académica. Eso sí, tampoco exigimos decencia a carta cabal; un profundo virtuosismo podría hacer inviable no ya una buena organización criminal o bancaria sino cualquier empresa de altos vuelos. Soy de los que cree, como Jardiel Poncela, si no nos ponemos tiquismiquis, que los ladrones son gente honrada. Supongo que cuando Johnny Torrio escogió a Al Capone para dirigir el negocio de destilerías, más que probidad o licenciatura en Químicas, buscaba fidelidad; es la clave, menos inteligencia y tecnocracia y más vasallaje. Supongo que el auge de los perros en nuestras familias guarde relación con esto.
No obstante, aunque los negocios suelen dar dinero, la amistad no suele; mi abuelo de Peñaullán decía: "No me fío de él, somos amigos". Entre camaradas hay mucho tránsfuga; preguntadle a Cristo qué le pasó por ir a partir peras con Judas. Nos enamoramos de alguien, sellamos un trato con sangre y a veces tardamos años en percatarnos de su verdadera personalidad, de ahí los divorcios. Yo necesité toda una vida para descubrir mis propias miserias. ¡Claro que nuestra mano derecha puede engañarnos, salirnos palmípeda, salirnos rana! Cuidado con la fe ciega que se otorga a la gente muy del asa: una cosa es creer en Dios, otra conservar la pólvora seca, o como decía mi abuelo, tener por el carro.
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