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Sanchismo de bragueta y mano larga

La corrupción y los casos de acoso sexual acercan al Gobierno a sus estertores

Pocos socialistas podrían intuir hace meses que el fin del sanchismo, que alguien con tino anunció como bíblico, iba a ser de bragueta y mano larga. Al príncipe le salieron rana sus secretarios de organización -dos por el precio de uno- a caballo entre puteros y trincones. Y tuvo que tragar sapos por quien estaba llamado a sustituir a los imputados por corrupción, Paco Salazar, un acosador sexual de libro. Le está bien empleado al presidente del Gobierno, por haber aceptado tanto pulpo como animal de compañía. Al PSOE se le multiplican los tentáculos y los tienta culos.

A Sánchez empiezan a no cuadrarle las cuentas, por mucho que Tezanos maquille las estadísticas con hábito de guisandera. No descarten que el tal Salazar, el de los huevos de oro al estilo Bardem en la película de Bigas Luna, tuviera también vinculación con la banda del Peugeot, ya fuera a la hora del refrigerio o acercando al coche la lata de gasolina.

En esta tragicomedia con tintes de sainete y personajes de opereta, cada actor, sea principal o secundario, de la sede central o de las colonias, intenta salvar su pellejo mientras el decorado se tambalea. Y quizá ahí resida la clave del epílogo del sanchismo: no en la épica ni en el fuego amigo, sino en el simple peso de sus propias contradicciones y sus malos hábitos, que han terminado por derrumbarse sobre él como un escenario de cartón piedra. Cuando caiga el telón, nadie podrá fingir sorpresa: hasta el apuntador sabía que el drama acabaría con el doliente haciéndole preguntas a la calavera de Largo Caballero, como si fuera la de Hamlet.

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