Opinión
La vida en positivo
Un enfoque que proporciona beneficio individual y común
Francisco Fresno es artista plástico
A nuestro cerebro le da igual el Jardín de Epicuro: si duele un dedo del pie, no le importa que los otros cuatro funcionen en silencio, ausentes de dolor. No los pondrá en primer plano a menos que medie nuestra intención. La mente, como la mirada, alterna perspectivas duales, tal como ocurre con el cubo de Necker y sus dos imágenes alternativas.
Dentro de esa naturaleza dual –entre luces y sombras–, ninguna rumia se detiene en los girasoles de Van Gogh: prefiere centrifugar lo oscuro, demorarse en la amenaza antes que en la claridad. Por eso se inclina hacia el negro de Goya frente al amarillo del girasol. Con esta tendencia, las malas noticias se vuelven dominantes, llevándonos a un pensamiento circular sin resolución.
Así vivimos: atrapados en lo que duele y amenaza, mientras lo favorable tiende a pasar inadvertido. El cerebro humano, moldeado por la supervivencia, evolucionó ante el peligro, más para detectar lo que cruje en las sombras que para celebrar la armonía silenciosa. Sin embargo, esa herencia no nos impide educar la atención para descubrir apoyos beneficiosos: pequeñas satisfacciones vinculadas al apego y al amor a la vida, como el calor de una mano centenaria, una escucha atenta, el afecto en una mesa compartida o el último cromo del álbum de un nieto. Son disfrutes cotidianos que, si aprendemos a reconocerlos, pueden equilibrar nuestra balanza interior.
Como el ritmo circadiano alterna días y noches, amaneceres y ocasos, nuestra existencia discurre guiada por pautas que nos orientan. En ese fluir, cada instante nuevo es un pequeño milagro digno de ser celebrado y agradecido, incluso frente a la gravedad de tantas desgracias, a menudo causadas por el desalmado afán de poder y la codicia de nuestra especie.
Saber que estamos aquí solo de paso, conscientes de la finitud del tránsito, debería invitarnos a percibir y valorar esos momentos especiales que se hallan en lo sencillo y accesible; no solo en lo afectivo, sino también en la belleza cercana –la que nos entrega la naturaleza y la que creamos con intención estética y espíritu de compartirla–. La voluntad de este enfoque nos otorga un bienestar que favorece nuestro equilibrio y mejora lo común, al integrar de manera humanista lo individual en relación con los demás.
Entonces, disfrutemos con mesura de los jardines que se nos ofrecen y de las luces que contrastan con lo umbrío, cultivando el aprecio por la vida en positivo.
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