Opinión
El PSOE, atrapado en el laberinto de espejos
El horror de enfrentarse a la propia imagen grotesca
La salida requiere elegir un método para entender lo que pasa
Siendo niño, en un viaje estival con mis padres al sur de Francia, acabamos en una localidad en fiestas. Entre las atracciones había un laberinto de espejos, una opción rara en el repertorio feriante, y entré. Para salir hay que avanzar contra el propio reflejo, te das de bruces con cristales invisibles, vidrios que te devuelven tu estampa mudada en grotesca, tropiezas con peldaños traicioneros, y mantener la calma se vuelve una herramienta que solo puede adoptarse de una forma meditadamente consciente. Durante unos minutos, que se hacen eternos, lo racional se disuelve y solo la aplicación de un método te saca del entuerto.
Es la mejor metáfora que encuentro para describir la situación que atraviesa el PSOE y la que padecen, atrapados, muchos de sus dirigentes: en una escalada de casos de corrupción, episodios de la España más casposa, denuncias de acoso sexual y un horizonte electoral incierto, el partido avanza a tientas y, a cada paso, se estampa contra una imagen fragmentada y desgaradable de sí mismo.
El objetivo en un laberinto de espejos, no lo olvidemos, debe ser encontrar la salida, no recrearse en el trampantojo de monstruosidades; el fin último no está en persistir en la agonía. Cuando eso se instala como única vía de supervivencia, la cuestión deja de ser un debate de estrategia y se convierte en patología.
No cabe duda de que los escándalos de acoso y los comportamientos personales que afloran en algunas de las investigaciones de corrupción que llevamos meses conociendo horrorizan en el PSOE. Lo hacen a cualquiera, más allá de las ideologías. El problema para los socialistas es que afectan a su propia imagen y naturaleza, y agotan los argumentos: es impensable que personas tan próximas a Pedro Sánchez jamás hubiesen mostrado su verdadera cara. Podríamos incluso admitir que el presidente del Gobierno trate de salvar del incendio los muebles como sea; pero la cuestión es si el fuego acabará traspasando muros y paredes y llegando a todos los rincones del partido. Buscar conspiraciones ajenas puede ser un bálsamo, pero no deja de ser inútil.
Todo esto sucede, además, después de que Pedro Sánchez adoptase la decisión estratégica de colocar a algunas de sus ministras como candidatas territoriales en las futuras e inminentes elecciones autonómicas. En aquel momento podría parecer buena idea: establecer el Gobierno central como referente electoral. ¿Es ahora eso un valor? ¿Qué se va a votar en Andalucía o en Aragón si las candidatas apelan directamente a Sánchez e, incluso, con algún protagonismo aunque sea anecdótico en el trágico relato de la corrupción y las groserías?
El PSOE se enfrenta al dilema de decidir cuánto está dispuesto a mantener el pánico o la aparente sorpresa, y en qué momento está dispuesto a encontrar una salida. El virus se extiende también a los socios, y en Sumar son cada vez más las voces que cuestionan la actitud de la vicepresidenta Yolanda Díaz. Precisamente esta semana, Díaz intentó marcar cierto carácter, sin mucho éxito, después de que internamente se hubiese alertado sobre la necesidad de establecer un cortafuegos. La tesis Rufián de la unidad de la izquierda vuelve a cobrar fuerza, pero Sánchez no se ve en los arrabales del PSOE como compañía para nada.
La confluencia teórica de unas elecciones generales en 2027 con los comicios autonómicos no hace más que acrecentar el temor al contagio, pero ya es sabido que en el PSOE el disentimiento no es una opción. Cabe, quizás, disparar desde azoteas, como la de la corriente feminista, con la esperanza de que alguien entienda el mensaje. Otros, incluso, plantean una estrategia de demolición controlada desde dentro. No faltarán quienes, ante los acontecimientos, no vean manos que mueven hilos.
¿Prefiere el PSOE aguardar a una hipotética cauterización por suerte del destino u optará por reconocer que encontrar una salida a este laberinto es perentorio?
Por cierto, el laberinto de espejos de mi infancia, recuerdo, guardaba una trampa final: la salida estaba a la vista, pero uno tardaba en verla porque esperaba una puerta solemne. Era un pasillo simple, casi decepcionante, al igual que lo es la honesta reflexión más allá del cálculo.
Cuesta reconocer la realidad en medio de una caleidoscópica multiplicación de horrores. La salida se encuentra cuando uno descubre que el problema no es el adversario, ni el periodista, ni el juez, ni el algoritmo que gobierna las tendencias. El problema es el espejo, que no inventa. Solo refleja siguiendo sus particulares leyes ópticas, pero lo hace con toda crudeza.
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