Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

El poder corrompe más cuanto más dura

Salen a flote estos días, como cerezas enredadas, los casos de corrupción que se le juntan al Gobierno. Nada fuera de lo normal. Los actuales mandamases llevan ya siete años al frente de España: y ese es tiempo suficiente para que afloren los escándalos, que son productos de larga maduración. Sabíamos ya gracias a Lord Acton que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Al historiador británico le faltó añadir que también el tiempo agrava las tentaciones. Cuantos más años lleve en el poder, mayores serán las posibilidades de que un gobierno incurra en trapisondas. Sabiamente, los americanos redujeron a un máximo de dos mandatos la estancia en el cargo del jefe del Imperio.

Los más memoriosos recordarán quizá la era de Felipe González, que al final de sus trece años de mandato empezó a acumular corruptelas que afectaban a buena parte de la estructura del Estado. Entre los implicados en asuntos turbios llegaron a estar un gobernador del Banco de España, la responsable del BOE y el director general de la Guardia Civil. También entonces había parientes con despacho oficial y tramas con nombre corporativo como Filesa, Malesa y Time Export. Sería injusto no advertir que, pese a ese quilombo final, los gobiernos de González impulsaron muy notablemente la modernización del país. Como bien decía Pazos/Manquiña en "Airbag": lo mismo que te digo una cosa, te digo la otra.

El hábito de la comisión continuó, lógicamente, cuando los conservadores tomaron el relevo y fueron ganando trienios en el poder. Con el caso Bárcenas, famoso entre muchos otros, sentó cátedra la idea de que el PP era el partido más corrupto de Europa. Ignoraba uno que existiesen clasificaciones de deshonestidad al modo de la Liga de Fútbol, pero en cualquier caso resultaría muy ardua la tarea de averiguar quiénes se han llevado más mordidas. Han sido tantas, a babor y a estribor, que solo un experto contable podría enumerarlas todas.

Será que la corrupción no entiende de ideologías ni aun de dinastías. El anterior jefe del Estado y ahora rey honorario Juan Carlos I, por ejemplo, purga en un ardiente emirato árabe sus malandanzas financieras. Hispanistas como Charles Powell lo titularon en su día de "piloto del cambio" democrático, aunque entonces no se podía saber, lógicamente, que también cambiaba otras cosas de sitio.

Acabar con la corrupción parece empeño tan inútil como el de poner puertas al campo, aquí y en Pekín. Se podría, si acaso, limitar sus daños mediante una reducción del tiempo que pasan los gobernantes en el machito; pero esto no es Estados Unidos. La decisión corresponde aquí a los diputados elegidos por los votantes.

Mucho es de temer, pues, que izquierda y derecha sigan a lo suyo: acusándose recíprocamente de corruptas bajo la máxima del "Y tú, más". Habrá que darles la razón a las dos partes. Ahora le está tocando el turno a los de babor.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents