Opinión | El trasluz
Tragedias imaginarias
Lo peores miedos nacen de la anticipación

Un pasajero en el aeropuerto de Palma de Mallorca. / EP
Creo que fue el psiquiatra Luis Rojas Marcos el que dijo que tocamos, de media, a dos tragedias por vida. De media: eso quiere decir que hay quien vive cuatro y hay quien no vive ninguna. No sé, esto de las medias siempre es complicado de evaluar. Supongo que Rojas Marcos hizo el cálculo a ojo, quizá guiado por la experiencia propia y la de sus pacientes. Conviene tener en cuenta, de otro lado, que hay tragedias reales y tragedias imaginarias, sin que esté muy clara la frontera entre las primeras y las segundas. Lo peores miedos nacen de la anticipación. Lo explicaba muy bien Montaigne: “Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron”. Me identifico masivamente con esta frase porque yo he sufrido más por lo imaginado que por padecido en la realidad.
Me viene a la memoria, por ejemplo, un suceso de cuando tenía cinco o seis años. Había ido a misa con mis padres, que me dejaron solo mientras iban a comulgar. El caso es que debía de haber muchísima cola y tardaron en volver una eternidad. Durante esa eternidad, yo pensé que me habían abandonado, que jamás volverían, y sufrí como un perro. Tanto, sufrí tanto, que todavía, a mis setenta y nueve años, recuerdo con pavor aquel instante en el que envejecí toda una vida. Mis padres no notaron nada porque me hice el fuerte, pero desde aquel día procuré no alejarme demasiado de ellos. Estaba casi seguro de que, tras la decisión de dejarme allí, se habían arrepentido, vete a saber por qué, aunque el suceso podría repetirse con resultados diferentes.
Aquella historia (imaginaria) de infancia me marcó, primero, porque desarrollé hacia mis padres un rencor de fondo que no se merecían y, segundo, porque he vivido siempre con pánico al abandono, a la pérdida. Me ponen mal cuerpo las estaciones de tren (no digamos las de autobús) y los aeropuertos. No soporto, en general, las despedidas. Me da miedo viajar por si al volver mi casa ya no está en su sitio. Este temor me ataca a veces de manera absurda incluso cuando salgo a caminar por mi barrio. ¿Y si no supiera volver? Aquella tragedia imaginaria, en fin, valió por varias de las reales, que tampoco me han faltado. Significa que he vivido necesariamente las de otro u otros. Me gustaría mucho encontrarme a esos otros para echárselas en cara.
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