Opinión
La corrupción es una droga eufórica
A Nixon le perseguiría toda su vida una foto en la que estalla en carcajadas, servida con el pie "¿de qué se ríe este hombre?". El interrogante despectivo le persiguió hasta que quedó atrapado en las redes del Watergate. Las limitaciones expresivas de aquel presidente transformaban su risa en una mueca hiriente, un sentimiento de rechazo estético que se rescata ante el entusiasmo que muestran los Koldo, Aldama, Ábalos y compañía en el desempeño grabado de sus labores corruptas. Con Santos Cerdán en el papel del enmudecido Harpo, la entrega optimista a sus manejos obliga a un nixoniano "¿de qué se ríe esta gente?".
Los científicos deberían tomarse un descanso en la investigación del efecto de las redes sociales en los demás, para concederle una oportunidad a la medición de los efectos de la corrupción sobre los cerebros. Cualquier lector de los WhatsApps intercambiados por la trama socialista observará que la corrupción desatada funciona como una droga que desata un sentimiento de euforia, es un estimulante más potente que la cocaína. Los conjurados tenían la sensación de estar fabricando un mundo nuevo, muestran una satisfacción muy superior a la de otros desempeños humanos, y que ni siquiera viene justificada por las cantidades percibidas como recompensa. Presuntamente, por supuesto.
En distintas dosis, esta euforia gana Ligas, Grand Slams o incluso Premios Nobel. El esfuerzo asociado a la corrupción fue encapsulado por la revista satírica "The Onion" en un titular inigualable, "Policía infiltrado descubre que el narcotráfico es un trabajo duro". Para detectar y contrarrestar a los corruptos, tarea en que el PSOE ha fracasado con estrépito, no sirve de nada rasgarse las vestiduras y deleitarse con sus aspectos más sórdidos. Procede averiguar las recompensas, no solo económicas, de saltarse la legalidad desde el mismísimo templo de la ley, con una abnegación que los implicados no desplegaron en ningún otro capítulo de su biografía.
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