Opinión | Crónicas gastronómicas
La mirada de Lúculo: Noches buenas y otras mejores
Cuando se mira con la distancia suficiente, la Navidad es más un género literario que una fecha, con una atmósfera reconocible y un tono moral inconfundible

Noches buenas y otras mejores / Pablo García
Echo una mirada atrás en busca de la Navidad que según el año y el momento se fue apagando y encendiendo, como ahora alumbra el recuerdo. Cuando se la mira con la distancia suficiente, la Navidad es más un género literario que una fecha. Tiene sus tópicos, sus personajes recurrentes, su atmósfera reconocible y, sobre todo, su tono moral. Por eso no es extraño que, al recordarla, uno acabe escribiendo más con la memoria que con el calendario. En mi caso, la Navidad siempre vuelve envuelta en palabras antes que en luces, y frecuentemente con Dickens vigilando desde algún rincón. De niño empezaba cuando aparecía el libro que mejor la encarnaba, "Canción de Navidad", con bellas ilustraciones. No necesariamente uno nuevo, podía ser una edición fatigada, con las páginas amarillentas y un Scrooge que ya parecía de la familia. Aquel Londres de niebla y chimeneas quedaba lejos, pero no tanto. Había algo en esas historias —la espera, el frío, la redención final— que se parecía mucho a la manera de celebrar de cualquiera. Quizá porque, como en Dickens, la mesa era el centro de todo. Comer juntos no era solo un placer, se supone era también una forma de reparación. Mi reparación partía del olor del vino caliente que empapaba les picatostes, y con las apetecibles figuras de mazapán. Los caldos de gallina empapaban todos lo demás, la atmósfera de la casa y los culos de las cacerolas donde reposaban a un fuego mínimo. Luego, en la mesa el besugo de carne demasiado apurada por una cocción de más en el horno terminó por parecerme poco comestible, y también estaba hasta el gorro del lechazo de Castilla que no podía esperar. Hay pocas cosas peores que una carne de cordero por encima de su temperatura ideal, es decir fría. "El cordero no espera", decían. Y la lombarda que lo precedía, simplemente, era un fastidio.
El rito comenzaba días antes, con la cocina convertida en un escenario de paciencia. El caldo navideño no se improvisaba. Se hablaba de él en futuro, con respeto, como se habla de un viaje inmediato. Los huesos de jamón se rescataban de la despensa, las gallinas se miraban con una mezcla de gratitud y fatalismo, y las verduras se limpiaban con una atención que solo se concede a los objetos más delicados. Alguien me dijo que la Navidad no debía ser ruidosa, pero sí intensa; no ostentosa, sino abundante. Que lo importante no era el plato principal y sí el tiempo que llevaba hacerlo. Y que el verdadero lujo consistía en sentarse a la mesa sin prisas, con la sensación de que nadie tenía que marcharse a ninguna parte. Luego todo eso se explicaba a medias debido a los hechos, y de la realidad surgía alguna que otra discusión familiar y acto seguido venían las prisas.
En Inglaterra y en Portugal viví años después unas fiestas en cierto modo emparentadas con las de mi educación sentimental. En Londres, el menú era el de rigor. Buen roast beef, patatas asadas, Yorkshire pudding inflado como cualquier milagro doméstico de la cocina, y una salsa oscura que olía a horas. Probablemente recalentada. Ni que decir tienen las coles de Bruselas cocidas hasta el límite de lo comestible. Las detesto desde entonces. Nada sofisticado, nada sorprendente. Y sin embargo, al primer bocado, sentí una emoción inesperada. Aquello no era tan diferente de la infancia. Era comida pensada para proteger del invierno, para reunir y durar. A mi alrededor, la familia comía en silencio atento, como si supieran que esa comida también era una historia que se contaría más tarde. Pensé en Bob Cratchit, en su ganso imposible e insuficiente, acompañado de la compota de manzana y el puré de patatas, golpeando la mesa con el mango de su cuchillo y gritando débilmente: ¡hurra!. Dickens, otra vez, acertando en el centro de la diana.
Lisboa me enseñó otra Navidad distinta, más luminosa, pero igual de literaria. La celebración en casa de un amigo tenía algo de escena de Eça de Queirós pasada por el filtro de la melancolía atlántica. Allí no había niebla, sino humedad; en vez de chimeneas, azulejos fríos. El centro de la mesa era el bacalao, inevitable y glorioso. Aquella noche lo prepararon de varias maneras, como si se tratara de una demostración de fe culinaria. Uno cocinado à Gomes de Sá presidía la mesa, acompañado de patatas tiernas, cebolla confitada y aceite de oliva. Discutí amablemente con otro de los invitados debido a la salazón. Lo encontré salado. "Amigo mío, ‘o bacalhau precisa ser salgado’", me dijo. Y no iba a llevarle la contraria a un portugués que suspiraba por una Iberia unida y maldecía por ello a Alfonso Henriques.
No hubo grandes discursos, pero sí una conversación lenta, salpicada de silencios cómodos. Alguien recitó de memoria unos versos para recordar a un ausente, sin dramatismo. Pensé entonces que la literatura navideña no siempre necesita nieve ni fantasmas y que a veces basta con saudades y una mesa bien puesta. Portugal celebraba la Navidad como quien acepta el paso del tiempo con elegancia. Después volví dos veces más coincidiendo con despedidas de año y aporreé un bombo, como es ritual en medio de la calma que tantas veces engrandece a nuestros vecinos. El bombo sustituía a nuestras campanadas. Aunque esa es ya otra historia.
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