Opinión
Políticos ejemplares para devolver credibilidad a la política
La vida pública no puede continuar atrapada en un ciclo autodestructivo y necesita reformas profundas que la devuelvan a su esencia: la de ordenar y resolver conflictos, no multiplicarlos

'Me too'. / Shutterstock
La política no opera solo con el listón de lo penal. Partidos, instituciones y servidores públicos están obligados a responder también en un plano distinto, rindiendo cuentas y asumiendo las consecuencias de sus decisiones, porque la materia prima con la que trabajan es la confianza de los ciudadanos. Ante la náusea de machismo y corrupción que nos inunda, hay que tenerlo presente.
¿Cómo a estas alturas arraigaron en las estructuras de poder comportamientos masculinos deleznables, uno con un ex director general del Gobierno asturiano implicado? ¿Cómo un partido comprometido con las mujeres y la lucha feminista guardó silencio ante individuos indefendibles que campan por la oficina con la bragueta abierta? ¿Cuándo se nubló la razón de quienes veían lo que ocurría y minimizaban conductas repugnantes situando la circunstancia de compartir ideología por encima del respeto, la dignidad o la decencia?
La eclosión de abusos a mujeres por altos cargos que ha estallado muestra lo lejos que está España de erradicar la prepotencia del varón y la discriminación sexista. El problema no es que haya casos –y menos aún acusaciones, que los tribunales deberán sustanciar–, sino el patrón que dibujan: denuncias internas, la callada por respuesta, reacciones tardías, dimisiones parciales, dudas sobre los protocolos e hipocresía que erosiona no a un partido, sino al sistema entero.
Por lo que vemos, el machismo no es una suma de conductas aisladas y puntuales, sino algo profundo, transversal, que también atraviesa las esferas de la vida pública y las instituciones. El mando atrae a los depredadores, que desde su posición dominante parecen sentirse impunes y fuertes para intimidar y paralizar a las agredidas.
Con la corrupción, un aire irrespirable
Que el mal presente síntomas estructurales no otorga a nadie un comodín para eximirle de asumir responsabilidades o una excusa determinista para atenuar hechos impresentables. Hay que despojar el debate de oportunismo. No se acaba con esta lacra instrumentalizando a las víctimas, ni celebrando el deterioro del adversario, ni impartiendo lecciones de superioridad ética sobre la forma de reaccionar en esta tesitura, porque a posteriori de nada sirve. El daño ya fue infligido.
El aire empieza a hacerse irrespirable si a esta ola sumamos la corrupción, con un contrato bajo sospecha en Asturias: el derribo de las baterías de Arcelor. Por debajo de los discursos oficiales de igualdad y limpieza, el machismo irredento y la podredumbre se expandían en una abundancia desmedida para considerarla casualidad. Tocamos fondo ante el espejo de un agotamiento político profundo. Reducir la coherencia a un mero recurso discursivo alimenta el cinismo social y esa idea corrosiva de que «todos son iguales», abono para el desapego y los populismos.
La regeneración no es recurso de campaña, sino tarea permanente y ahora inaplazable para alinear de verdad las palabras con la práctica de lo que se declara defender. Sin esgrimir la presunción de inocencia como coartada para escurrir el bulto. Sin convertir la exigencia ética en atajo que sustituya a las leyes. En este delicado equilibrio, los partidos tendrán muy difícil restituir su crédito si no recuperan la ejemplaridad como su faro.
La política española no puede continuar atrapada en un ciclo autodestructivo de escándalos, crispación y desconfianza. Necesita reformas profundas que la devuelvan a su auténtica esencia, la de ordenar y resolver conflictos, no multiplicarlos. Ni gobernar significa blindarse sin exponerse al control, ni hacer oposición implica una demolición sistemática. Mientras no logremos salir de este bucle, pierden los ciudadanos y la democracia se resquebraja, incapaz de corregirse a sí misma. Cualquiera alcanza a prever las nefastas consecuencias que de ello se derivan.
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