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Extremadura, una explicación

Según parece, Extremadura ha sido el precio que ha pagado el PSOE por el silencio de Gallardo, el aspirante que supuestamente colocó donde no debía al hermano del presidente del Gobierno. Elegir un candidato imputado y tan malo no tiene otra explicación que la de haberlo puesto al servicio de unos intereses particulares. Mantener que el Gobierno y el propio partido son mucho más fuertes significa la más cruel paradoja del poder reforzado. En la contrapartida existe, además, un efecto psicológico, que es el del relato del "avance de la derecha" que sirve como combustible movilizador. Cada derrota autonómica se convierte en argumento para cerrar filas, justificar pactos incómodos y presentar al Gobierno como el último dique frente a una supuesta regresión democrática. Extremadura no se pierde, sino que también se sacrifica en el altar del discurso nacional. Es una tontería tras otra.

Hace ya unos cuantos años François Mitterrand certificó en Francia el inicio del avance de la ultraderecha dando alas al lepenismo para debilitar al centro derecha gaullista. El resultado final de aquella estrategia partidista errónea fue el ascenso gradual lepenista hasta convertirse en un fenómeno imparable capaz de reducir al socialismo, captando el voto de las clases desfavorecidas que históricamente apoyaban a la izquierda. Cada vez que Sánchez se proclama como el dique frente a Vox, el partido de Abascal crece y no deje de crecer mientras que él insiste en que la derecha es una misma cosa con el fin de menoscabar al Partido Popular. El uso sistemático de Vox como espantajo tiene un efecto perverso. Cuanto más se exagera la amenaza, más central se vuelve el adversario. Vox ha crecido no solo por sus propios méritos o errores ajenos, sino porque es imprescindible para el relato gubernamental. Todo dique necesita una riada.

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