Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Cuento de Navidad (2)

El menú de Nochebuena de la pareja octogenaria

La Nochebuena llegó puntual a aquella casa modesta de octogenarios, aunque el cordero excusó este año su presencia en el horno a cuenta de los frecuentes ataques del lobo a la cabaña lechal. La pareja decidió entonces un menú humilde: huevos fritos con picadillo. Un homenaje póstumo a la gripe aviar y a la peste porcina, de las que alertaban los noticieros.

—Al precio que se han puesto los huevos —dijo él—, deberíamos servirlos en bandeja de plata. Ella le besó en la frente y sonrió: en ese hogar, la sonrisa era el único bien que no se había visto sometido durante los últimos meses a la inflación.

Antes de ponerse a la mesa, encendieron la radio: de las ondas emergió el oráculo de un tertuliano que aseguraba que la subida de los precios era «coyuntural», palabra que revoloteó por la sala y se posó como un pájaro cansado en las ramas del árbol de Navidad, el mismo de todos los años, tal que parecía que había echado raíces bajo el parqué.

Tras el mensaje del Rey, se sentaron a la mesa. Sobre el plato, los huevos eran al asado de otros años lo que las gulas del Norte a las angulas. Él, cascarrabias perenne, volvió a refunfuñar: «Al precio de los huevos podríamos haberle cogido al pescadero un puñado de percebes». Cualquier alusión al marisco abría en esa casa un aroma añejo a lujo extinguido. «Toma pan y moja, gruñón», respondió ella.

Brindaron con vino peleón, con más ganas de amortizar la botella que de celebrar. Y al recoger la mesa, comprendieron que el auténtico milagro navideño era cenar caliente sin haber tenido que firmar un microcrédito.

Tracking Pixel Contents