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Saber perder

La política ofrece continuas muestras de que no estamos preparados para las contrariedades

En el descampado detrás de nuestras casas, José Ramón Quirós y yo liderábamos sendos equipos de fútbol con la chiquillería de los aledaños de El Entrego. Sobre un terreno de juego con más regodones que hierba, medíamos nuestras habilidades balompédicas recurriendo a cuantas malas artes se nos ocurrían para ganar. Para aquellos mocosos someter al contrario era una auténtica obsesión, de lo que deduzco que el ser humano nace con el gen de la rivalidad incorporado. Aquellos partidos, que siempre ganaba el equipo de Quirós, solían acabar en pelea al grito de "no sabéis perder".

La filósofa y ensayista Ana Carrasco Conde sostenía en una entrevista, a propósito de su muy interesante trabajo "La muerte en común" (Galaxia Gutenberg), que "uno de los grandes problemas de la sociedad actual es que no sabemos frustrarnos". O, lo que viene a ser lo mismo, que no sabemos perder. O ganar o nada.

Los resultados de las elecciones del domingo en Extremadura nos ofrecen una amplia panoplia de reacciones para justificar los fracasos e, incluso, presentarlos como victorias. Especialmente, en el caso de los dos principales partidos, que, lejos de alcanzar sus objetivos, lo que han hecho es dar alas a las formaciones más extremistas.

En estos comicios, el gran perdedor, parece innegable, ha sido el PSOE. El partido de Pedro Sánchez se ha dejado diez escaños, catorce puntos y 110.000 votos, la mitad de los conseguidos en las anteriores elecciones. Paradójicamente, la reacción del candidato socialista ha sido reprochar al PP su incapacidad de frenar a Vox. Y, desde la sede del PSOE en Madrid, se adoptaba de forma mayoritaria la peor manifestación de negación de la derrota, la actitud de la avestruz. Los más osados se agarraban a que estas no son unas elecciones generales, con lo cual no se puede achacar culpa alguna al Gobierno central, que está más fuerte que nunca.

Cual avestruz también se ha ignorado que, en uno de los pocos sitios en los que la izquierda más allá del PSOE se presentaba sin el lastre de Sumar –desgastada tras unir su destino al del Gobierno central– casi ha doblado sus resultados. Unidas por Extremadura (Podemos más Izquierda Unida) ha pasado de los cuatro escaños a los siete, con lo que, junto con Vox, se ha convertido en uno de los triunfadores de la noche.

El vencedor, el Partido Popular, que había convocado estas elecciones anticipadas, se ha quedado lejos de conseguir su objetivo de alcanzar una mayoría absoluta. De hecho, su victoria ha sido calificada de "agridulce". Ha ganado votos, sí, pero sólo le han reportado un escaño. Sin embargo, su rival en el espacio de la derecha, Vox, ha conseguido doblar sus escaños y asentarse en una posición de fuerza a la hora de negociar su apoyo al nuevo Gobierno.

Las elecciones extremeñas, primeras de un vía crucis de autonómicas que está por venir, han servido para ratificar una tendencia que parece imparable: los extremismos de izquierda y de derecha avanzan imparables. Vivimos un tiempo político en el que las mayorías absolutas han pasado a la historia, y en el que la estrategia de los grandes partidos para contener los radicalismos lo que ha hecho es alentarlos.

Asturias, y su presidente Adrián Barbón, deberían tomar buena nota de lo ocurrido al otro lado de la Ruta de la Plata. Por más que desde Ferraz se empeñen en negar una "lectura nacional" del descalabro, el actual partido socialista ha conseguido que Extremadura, uno de sus principales feudos, se haya vuelto más de derechas que la mismísima Galicia, bastión histórico de las derechas desde tiempos inmemoriales, tierra de tan significativos líderes del conservadurismo patrio.

No hace falta ser psicólogo para saber que la mejor forma de recuperarse de una derrota es reconocerla. En suma, que para volver a ganar hay que empezar por saber perder.

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