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Discurso y apagón

Se habla como cada Navidad del discurso del Rey, que muchos escuchan como quien oye llover, con respeto institucional, una atención distraída y la convicción íntima de que, al día siguiente, todo seguirá igual. Sin embargo, hay años –este annus horribilis que se resiste a acabar lo ha sido– en los que esas palabras adquieren una densidad distinta, casi incómoda. No porque revelen nada nuevo, sino porque subrayan con una claridad cruel la distancia entre lo que se dice y lo que se hace. En estos casos convendría releer el discurso navideño no como un ritual vacío, habría que hacerlo como si se tratara de un espejo incómodo. No para exigirle al Rey soluciones que no le corresponden, sino para pedirles a quienes aplauden que se miren en él.

Sucede, en cambio, que los políticos, de todos los colores, aplauden, con la coreografía de siempre. Aplauden la apelación al consenso, la invocación a la convivencia, el recordatorio de que la Constitución es un marco compartido y no un arma arrojadiza. Celebran, incluso, la llamada a la responsabilidad y al ejemplo. Y el problema, sin ser específicamente el aplauso, es el silencio que lo sigue, cuando esas palabras deberían traducirse en hechos. Ahí, en ese punto exacto, la música se apaga. Sí, se apaga. Por eso la España del apagón –ese día en que la luz se fue y dejó al país suspendido en una penumbra literal y simbólica– se ha convertido en la metáfora perfecta de nuestra vida pública. Entonces no fue solo un fallo técnico, ni una anécdota más en la cadena de incidentes de la gestión cotidiana. Fue la sensación compartida de fragilidad y la constatación de que basta un chispazo para que todo se detenga, para que la modernidad se quede muda y la retórica del progreso suene hueca.

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