Opinión
Es tiempo de vivir y de soñar y de creer
Tristeza navideña
Mi madre tenía una voz grave, un poco ronca, nada severa. Eso dicen quienes la recuerdan. En mi memoria no hay rastro de ella. Tal vez por eso tampoco la escucho en sueños, aunque nada me gustaría más. Sería capaz de lidiar con la desilusión del despertar, la realidad de su prolongada ausencia, tan fría, heladora, como el suelo de baldosas que durante mi infancia, en casa de mis abuelos, pisaba mientras buscaba a tientas el orinal bajo la cama para no tener que salir a la intemperie del patio, donde estaba el cuarto de baño.
La distribución de aquella casa de gruesos muros de piedra de los que brotaba humedad en cualquier estación, daba igual que fuera invierno o verano, las paredes estaban desconchadas por el continuo borboteo, no hizo que dejara de ser hogar para todos los que allí crecimos. También mi madre, que, en la misma habitación que mucho tiempo después yo compartí con mi hermana, le pedía a la suya cada noche, por estas fechas, que por favor no le cantara ese villancico, que le ponía muy triste porque hablaba de un niño que estaba en la puerta y tenía frío.
Tanto le apenaba esa historia que nunca nos la contó ni cantó a nosotras con esa voz grave, un poco ronca, nada severa, que yo no recuerdo. Ella prefería a Pablo Guerrero, quería que supiéramos que estamos hechos de nubes y que cuando ella faltara tendríamos que seguir viviendo y soñando y creyendo. Fue mi abuela, depositaria de una aflicción congénita que se radicalizó hasta la muerte en vida tras perder a su hija, quien nos legó la triste historia de aquel villancico sin ser consciente, supongo, espero, de que estaba sembrando, al menos en mí, la semilla de un pesar muy profundo destinado a florecer, año tras año, en Navidad.
Hoy me sigue pasando, si bien me resisto, trato de contrarrestarlo, su ímpetu avasallador, con otras canciones, me pongo los discos navideños de Nat King Cole, los de She & Him, los de Sufjan Stevens. No lo hago por mí. Es por L. Yo no tengo la culpa de que te sientas así, ni de muchas otras cosas. Eso me dijo hace unos días. Tiene razón. Lleva semanas aguantándome, mi mal humor, mi mutismo, mi brusquedad, mis contestaciones, mis salidas de tono, mi dureza, mi distancia, mi frialdad. No es justo, para ella.
Es complicado describir la placentera sensación que termina provocando el malestar anímico, es como una adicción, una droga que necesitas consumir para poder seguir experimentando ese contradictorio sentimiento que te hace sentir tan bien causándote tanto mal. Regodearte en tu pesar es mucho más fácil y cómodo y egoísta que afrontar la incertidumbre de todos los futuros posibles. Lo sé, y me lo repito a diario.
Pero no lo puedo evitar, igual que mis ojos se llenan de lágrimas siempre que escucho a Joni Mitchell decir que "se acerca la Navidad, talan árboles, cuelgan el reno de Papá Noel y cantan canciones de paz y felicidad". Como ella, que escribió esa letra pensando en la hija que tuvo con 21 años y a la que dio en adopción, "desearía tener un río", aunque no para "patinar, patinar". Me gustaría que la corriente me arrastrara, que me llevara muy lejos, hasta ese lugar en el que la felicidad no es un estado que se conjuga sólo en pretérito, donde mi madre me canta que estamos hechos de nubes y es tiempo de vivir y de soñar y de creer, y yo reconozco su voz, la recuerdo, grave, un poco ronca, nada severa.
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