Opinión
El voluntariado: militancia de la esperanza
Una reflexión nacida tras una ponencia para la Asociación Española Contra el Cáncer
Adolfo Rivas Fernández es director gerente de la Fundación Vinjoy
La solidaridad, como la libertad o la justicia, no es delegable. Nadie puede ser solidario en nuestro lugar, ni podemos pagar a alguien para que lo sea por nosotros. Ser voluntario en 2025 es asumir esa verdad y convertirla en acción. Es ofrecer lo más valioso que tenemos: nuestro tiempo –que es, en el fondo, nuestra propia vida–.
Un voluntario no entrega lo que le sobra: entrega lo que le da sentido. No acude solo a resolver, sino también a acompañar. No busca imponer soluciones, sino compartir caminos. Una cerilla encendida en medio de la oscuridad puede parecer pequeña, pero su luz se ve desde muy lejos. Así es el voluntariado: una chispa de humanidad que ilumina más de lo que imagina.
No se puede programar el amor, ni contratar la esperanza. Una mano que te agarra porque le importas –sin que nadie se lo exija ni se lo recompense– tiene un poder que ninguna estructura puede replicar. El voluntario no sustituye a nadie: aporta lo que falta, ese calor que no está en los protocolos, ese gesto que recuerda que la persona importa más que el procedimiento.
El voluntariado es militancia de la esperanza. Es una declaración moral: creer en los demás incluso cuando todo alrededor invita al egoísmo o al miedo. Es estar donde duele, acompañar donde falta, resistir donde otros se cansan. Y hacerlo sin pedir nada, sin buscar recompensa, sin esperar reconocimiento. Porque lo que mueve al voluntario no es el resultado, sino la dignidad del camino.
El voluntariado nació del hambre, de la enfermedad, de la soledad, de los huecos que el sistema no alcanzaba a llenar. Pero hoy no es solo respuesta a la carencia: es una forma avanzada de ciudadanía. Acompañar a una persona enferma, apoyar a un joven en conflicto, escuchar a quien se siente invisible, sostener a una familia rota… son todas expresiones de una misma certeza: que la humanidad solo existe cuando se comparte. Hay quien dice que el voluntariado es ingenuo. Que el mundo no cambia con un abrazo ni con una hora de escucha. Y, sin embargo, en cada hospital, en cada aula, en cada calle, hay alguien que demuestra lo contrario. La ternura no cotiza en los mercados, pero levanta a quien ha caído. La compasión no figura en los planes estratégicos, pero mantiene unida a la humanidad.
Ser voluntario no solo cambia a quien recibe: cambia a quien da. Quien acompaña el dolor de otro descubre un modo nuevo de mirar la vida. El voluntariado es una escuela donde no se entregan títulos, sino humanidad. Nos enseña a vivir desde la dignidad, no desde la utilidad; desde la empatía, no desde el juicio. Quien un día acompañó a un enfermo, a una persona sin hogar o a un adolescente desorientado, ya no vuelve a mirar al mundo igual. Porque ha aprendido que, en el fondo, la felicidad no consiste en tener, sino en pertenecer.
Y también el voluntario necesita cuidado. Porque no se puede dar lo que no se tiene. Un voluntario sin alegría puede dar tiempo, pero no vida. Por eso la formación, el acompañamiento y el descanso no son lujos, sino responsabilidades éticas. Cuidar a quien cuida es garantizar la continuidad de la esperanza.
Hace cuarenta y cinco años que el voluntariado camina junto a mi tarea profesional. Con el tiempo entendí que esa convivencia no era un error, sino una consecuencia natural: cuando el trabajo nace del compromiso, el límite entre obligación y vocación se vuelve difuso.
En muchas ocasiones alguien me ha preguntado: "¿Y tú por qué estás aquí?". Y he aprendido que responder simplemente "por ti" lo cambia todo.
El voluntariado nunca me restó energía: me la devolvió multiplicada. No acortó mi jornada: la alargó en sentido. No fue un añadido, sino una forma de coherencia. Lo que hacía después del trabajo daba sentido a lo que hacía durante el trabajo.
Sigo creyendo que toda labor social necesita conservar algo del espíritu del voluntariado: esa libertad interior que convierte el deber en vocación. Porque el voluntariado no es un apéndice del trabajo: es su alma.
El voluntariado que viene será más comunitario y más humano: una revolución silenciosa que, sin gritar, sostiene el alma del mundo.
Las organizaciones que promueven un voluntariado real –no como conveniencia estructural, sino como convicción profunda– están mostrando uno de los mayores indicadores de buena salud social.
El voluntariado es gratitud hecha acción y gratuidad hecha presencia. Gratitud, porque reconoce lo recibido y lo transforma en servicio. Gratuidad, porque rompe la lógica del interés y devuelve al amor su carácter libre. Agradecer y dar son, al fin, los dos movimientos esenciales de la vida.
A quienes acompañáis –en hospitales, en aulas, en calles, en hogares o en centros sociales– quiero deciros algo muy sencillo: gracias. Gracias por dar vuestro tiempo, que es vuestra vida. Gracias por ser esa humilde cerilla que ilumina la oscuridad de otros. Gracias por proclamar con cada gesto que la dignidad no se delega y que la solidaridad no es ingenuidad, sino la expresión más alta de la inteligencia humana.
Mientras haya personas como vosotros, habrá esperanza. Y donde hay esperanza, hay futuro.
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