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Cuento de Navidad (3)

Inesperado regalo navideño para un misántropo

El huraño Don Teófanes era conocido en la corrala por su fama de pesetero y cascarrabias. Cerraba la puerta a portazos, protestaba por las luces navideñas y renegaba de los villancicos y las panderetas. Para él, la Navidad era solo ruido. Pero una tarde, la vecina de enfrente llamó a su puerta: tenía que acudir al hospital por una urgencia, y su pequeño, Juliancito, necesitaba quedarse con alguien. “Solo será un rato”, suplicó.

Teófanes frunció el ceño, pretendió negarse, pero la mirada del niño —entre aterrada y temblorosa— le recordó otra que creía olvidada, de hace muchas décadas. A regañadientes, aceptó. Juliancito entró en la casa abrazado a su peluche y a un silencio tímido. El viejo no sabía qué hacer con una criatura de apariencia tan frágil, así que simplemente dejó que el niño lo acompañara en su rutina horaria: preparar la cena, dar de comer al gato, ordenar las facturas.

 Al caer la noche, Juliancito señaló con su índice minúsculo el árbol apagado en el rellano que compartían varios pisos. “¿Podemos encenderlo?”, pidió. El gruñón dudó, pero acabó cediendo. Las luces blanquecinas iluminaron sus rostros y trascendieron al salón oscuro, de muebles viejos y polvo persistente. En algún momento, el rostro avinagrado del anciano dibujó una mueca que trataba de disfrazar el asomo de una sonrisa

A medianoche, el niño se quedó dormido en un sofá de apariencia victoriana. El viejo aguardó la madrugada velando a aquel inesperado regalo navideño. Con el alba, un rayo de luz inmensa inundó la sala cuando Teófanes descorrió la cortina de su vida en penumbra.

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