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Lentejuelas con historia para la Nochevieja

El resplandor textil tiene desde la Época Antigua un espacio indiscutible en la moda festiva y de celebración, como en fin de año

La Nochevieja en España se configura como un rito colectivo de carácter festivo, en el que se reactivan y resignifican herencias estéticas de profunda raigambre histórica. Entre ellas sobresale la persistente atracción por engalanar el cuerpo mediante indumentarias confeccionadas con tejidos luminosos, bordados, brocados, detalles de pedrería y superficies cubiertas de lentejuelas. Lo que podría interpretarse, a primera vista, como una mera apuesta por la espectacularidad a través de la moda en una noche tan especial, hunde sus raíces en una tradición milenaria en la que el "resplandor" ha operado simultáneamente como marcador de estatus social y como vehículo de significados simbólicos y sacros.

A ello sumamos su función como instrumento de afirmación identitaria y como catalizador de sensualidad y deseo. El propósito de este artículo es, precisamente, explorar brevemente los posibles orígenes históricos y culturales de esta fascinación por las texturas deslumbrantes y, en particular, por las lentejuelas; pequeños abalorios que el "Diccionario de la lengua española" define como: "planchas pequeñas y redondas, de metal u otro material brillante, que se cosen en los vestidos como adorno".

Como bien señalaba mi estimada profesora Covadonga Álvarez Quintana (Universidad de Oviedo), toda indagación rigurosa exige, como punto de partida, la localización de sus precedentes históricos. En el caso que nos ocupa, estos pueden rastrearse a orillas del Nilo en el Antiguo Egipto (h. 2707 a. C.). Las excavaciones dirigidas por el arqueólogo Howard Carter, descritas con minuciosidad en "The Tomb of Tut- Ankh-Amen" (1923), documentaron complejas prendas funerarias ornamentadas con pequeños discos de oro perforados que, según destacados egiptólogos, cumplían una doble función: actuar como amuletos de protección en el tránsito al "más allá" y manifestar el elevado rango social del difunto. De manera análoga, en Mesopotamia y el valle del Indo (territorios que hoy corresponden a Pakistán y el noroeste de la India), y según publicaciones académicas, se han hallado elementos metálicos cosidos a las vestimentas en yacimientos datados entre los años 2600 y 1900 a. C., que, al interactuar con la luz, conferían tanto valor material como un aura de excepcionalidad simbólica a quien los portaba.

Ya en la Europa medieval, el resplandor textil quedó estrechamente vinculado a la escenificación del poder, tanto terrenal como eclesiástico. Su uso fue severamente restringido, reservado a la nobleza (donde la luz operaba como metáfora visual de autoridad) y a la indumentaria litúrgica (el fulgor material se transmutaba en alegoría de la gracia divina). Diversos documentos del periodo tardo medieval y renacentista registran pagos por spangles (estrellas y pequeñas placas metálicas) destinadas a atuendos ceremoniales, mascaradas cortesanas y celebraciones palaciegas, confirmando así la persistencia del brillo como lenguaje visual del privilegio y la distinción.

Con el desarrollo técnico de los siglos XVIII y XIX, las lentejuelas experimentaron un proceso de estandarización material y formal, transformándose en discos metálicos cada vez más finos, ligeros y específicamente concebidos para su aplicación textil. En el Barroco y el Clasicismo, la indumentaria cortesana europea incorporó profusamente estos elementos con el fin de intensificar el impacto visual de los cuerpos en movimiento durante bailes, recepciones y ceremonias, donde el brillo funcionaba como un eficaz dispositivo de distinción y teatralidad.

Será, no obstante, a finales del siglo XIX cuando las grandes casas de costura parisinas comiencen a explorar de manera sistemática el potencial ornamental de los bordados de lentejuelas en el ámbito de la alta costura, estableciendo los códigos que articularían su posterior asociación con la moda nocturna. La progresiva mecanización de su fabricación, inicialmente en metales, más tarde en gelatina coloreada y, en la actualidad, en materiales sintéticos como el acetato o el policloruro de vinilo, que aportan liviandad y flexibilidad, propició una auténtica democratización del adorno luminoso. Tras la traumática experiencia de la Primera Guerra Mundial, la década de 1920 asistió a una reconfiguración profunda de los códigos estéticos y corporales. La poética del destello se erigió en un recurso privilegiado para expresar ligereza, dinamismo y una nueva concepción de la mujer "moderna", particularmente visible en los escenarios del music hall, el ballet y las salas cinematográficas.

Figuras procedentes del ámbito de los ballets rusos, así como Josephine Baker, símbolo incontestable de la modernidad cosmopolita, junto al célebre cuerpo de coristas de las Ziegfeld Girls (actuaban en Broadway), consolidaron una iconografía femenina en la que vestidos de lentejuelas, plumas y superficies relucientes funcionaban como emblemas de emancipación, movilidad social y libertad corporal. Este imaginario fue posteriormente amplificado por el cine clásico de Hollywood, que canonizó la indumentaria brillante como sinécdoque del glamour absoluto.

Concebidas para dialogar con la iluminación artificial del plató, las lentejuelas adquirieron una función casi alquímica: capturar la luz para transfigurar el cuerpo femenino en una presencia hipnótica, distante y a la vez profundamente deseable. Podemos citar como ejemplos: el conjunto Fabergé con estola diseñado por Travis Banton para Marlene Dietrich en la película "Ángel" (Ernst Lubitsch, 1937), el célebre vestido de Jean Louis que Rita Hayworth luce durante su interpretación de Amado mío en "Gilda" (Charles Vidor, 1946), o los icónicos vestidos rojos creados por William Travilla para Marilyn Monroe y Jane Russell en "Los caballeros las prefieren rubias" (Howard Hawks, 1953). Estas piezas no solo definieron una era visual, sino que consolidaron a la lentejuela como un dispositivo simbólico al servicio de la sofisticación y la construcción mítica de la estrella.

En la década de 1970, el brillo abandonó definitivamente los márgenes de lo excepcional para integrarse en la vida cotidiana y en los circuitos nocturnos. Figuras como Diana Ross, Tina Turner, Donna Summer, Liza Minnelli o Cher transformaron las lentejuelas en emblemas de hedonismo y afirmación del cuerpo, mientras las discotecas, con Studio 54 (Nueva York) como epicentro, se consolidaron como espacios de comunión festiva y exhibición performativa. En la actualidad, este legado persiste y se reformula en actos sociales, alfombras rojas y redes sociales, donde el destello continúa operando como signo de visibilidad y poder mediático; así lo evidencian los vestidos de lentejuelas de Nina Ricci que lució la Reina Letizia en los Premios ABC 2016 y en un concierto solidario por el 50.º aniversario de la investigación oncológica de la Asociación Española Contra el Cáncer en 2022; las reiteradas elecciones de Penélope Cruz por este tipo de superficies centelleantes, desde su atuendo en los Premios "Forqué" de 2019, hasta el diseño midi de Ralph & Russo con plumas que llevó en Londres para presentar la película "Dolor y gloria" (Pedro Almodóvar, 2019); o el palabra de honor de cuerpo encorsetado de Oscar de la Renta que vistió la cantante Aitana en los Latin Grammy 2025 en Sevilla, confirmando que las lentejuelas, lejos de agotarse como ornamento, siguen articulando un relato de presencia, poder simbólico y continuidad histórica en la moda contemporánea.

Desde la sociología, algunos autores han interpretado la indumentaria como una forma de gestión de la identidad en el espacio público. En este sentido, las lentejuelas actúan como una auténtica "tecnología de la visibilidad", intensificando la presencia del cuerpo. Su recurrencia en celebraciones como la Nochevieja no es fortuita, pues, antropológicamente, el brillo aparece vinculado a los rituales de paso y renovación. Vestirse con luz en el umbral de un nuevo año es una forma simbólica de conjurar el futuro, atraer suerte y fortuna, y afirmar la continuidad de la vida social tras el ciclo anual.

Así, el fenómeno "sparkle" que inunda las telas de piedras de colores, paillettes y cristales de Swarovski, y es reverenciado por mujeres como Kim Kardashian, Jennifer Lopez, Taylor Swift y Bad Gyal, se revela no solo como una moda, sino como un gesto cargado de historia y memoria cultural; un eco contemporáneo de siglos de celebraciones en las que la luz y el resplandor han servido para realzar el cuerpo en la esfera simbólica de la comunidad. Estimadas lectoras y lectores: que este 2026 les traiga alegría, luz y momentos brillantes. ¡Feliz Año Nuevo!

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