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La obligación de estar juntos

La Navidad se presenta cada año como un paréntesis obligatorio de felicidad. No una invitación, no una posibilidad: una norma. Hay que reunirse, hay que compartir mesa, hay que brindar, hay que demostrar que se pertenece a algo llamado "los nuestros", aunque ese algo apenas haya existido durante los otros once meses del calendario. La excepción se convierte en regla y la regla en imposición.

Existe una presión social difícil de verbalizar sin parecer antipático: la de estar con gente a la que no vemos nunca, pero a la que, de pronto, debemos una intimidad forzada. Personas con las que no hablamos, no compartimos preocupaciones ni proyectos, pero con las que debemos sentarnos a cenar porque así lo dicta la tradición. Y la tradición, cuando no se cuestiona, se vuelve una forma elegante de obediencia.

Ser independiente frente a estas normas tiene un coste. Decir que no apetece, que no se puede o, sencillamente, que no se quiere, suele interpretarse como una falta moral. Se confunde la distancia con el rechazo, el silencio con el egoísmo y la elección personal con una amenaza al orden familiar. La autonomía, en estas fechas, parece una descortesía.

Sin embargo, resulta legítimo preguntarse qué sentido tiene fingir una cercanía que no se cultiva. ¿Por qué la Navidad exige vínculos intensos y repentinos que el resto del año no se consideran necesarios? ¿Qué tipo de comunidad se sostiene solo a base de fechas señaladas y fotografías compartidas? Tal vez el problema no sea la reunión en sí, sino la hipocresía emocional que la acompaña. No todas las ausencias son conflictos. A veces son coherencias. Hay quien ha construido su vida lejos de ciertos entornos, no por rencor, sino por salud. Hay quien ha aprendido que compartir mesa no equivale a compartir afecto, y que la paz también consiste en no exponerse a conversaciones incómodas, reproches antiguos o silencios tensos. Elegir no estar puede ser una forma de cuidado.

La Navidad parece no tolerar esta idea. Todo debe ser reconciliación, aunque no haya reparación previa. Todo debe ser abrazo, aunque no haya confianza. Se nos pide que suspendamos nuestro criterio durante unas horas para no romper la armonía colectiva. Pero esa armonía, tan frágil y teatral, suele romperse sola en cuanto se guardan los adornos. Tal vez habría que aceptar que no todas las personas viven la Navidad del mismo modo. Que hay quienes la disfrutan en soledad, en rutinas sencillas, con afectos elegidos y no heredados. Que la familia no siempre es un lugar seguro y que la libertad, aunque incomode, es un derecho también en diciembre.

No comprender la necesidad de reunirse con quien no forma parte real de nuestra vida no es una falta de empatía; puede ser una forma honesta de mirar los vínculos. Quizá la verdadera madurez social consista en permitir que cada cual celebre, o no, sin culpa, sin juicio y sin esa sonrisa forzada que solo aparece cuando la norma pesa más que el deseo.

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