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Cuento de Navidad (4)

El retorno de los fantasmas del pasado

Cuando Viliulfo Quintana cumplió los sesenta, se le agarró a la garganta la enredadera del pasado, como si las raíces del viejo roble que era la casa de los juegos infantiles se hubieran agrandado kilómetros y vinieran a buscarlo. Hacía casi cuarenta años que había dejado su pueblo atrás, en busca de una vida próspera. Pero esta Navidad un impulso telúrico lo empujó al origen. Llegó en coche al anochecer: las callejas habían cambiado, el viejo territorio del barrizal había sucumbido al asfalto.

Caminó hacia la plaza, antaño un ágora de bullicio. Ahora solo había niebla. Entonces los vio: siluetas sin peso, sin sombra. Una mujer pasó a su lado murmurando su nombre. Era su madre, fallecida hacía años. Un viejo sentado en un banco maltrecho levantó la mirada: parecía Victorio, el panadero, que murió en un accidente, electrocutado. Viliulfo retrocedió en un escalofrío.

Cada fantasma que se cruzaba repetía frases que él recordaba de niño, como ecos atrapados. Comprendió que no estaban allí por él, sino que era él era quien convocaba a los espectros, con sus remordimientos de la mano de una nostalgia tardía. Había abandonado aquel lugar demasiado pronto y se había desentendido de quienes quedaron allí. Los muertos venían a cobrarse la factura del olvido.

Al amanecer, el pueblo volvió a estar desierto. Viliulfo entendió que no había regresado a recuperar un hogar, sino a despedirse de él para siempre. Antes de irse, dejó una flor en la plaza. Al alejarse, creyó escuchar un susurro mecido por el viento, tenue como un perdón.

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