Opinión
El arte de decir adiós
Es importante llegar a tiempo a los sitios pero lo es más irse cuando hay que hacerlo. Sin atajos, sin paréntesis, sin dilaciones. La clave no está en la tiranía del reloj sino en el ruido que haga la puerta al cerrarse a tus espaldas. Las reglas del juego son de una simpleza que abruma. Exige una disciplina que carece de toda épica. Las señales del tráfico van apareciendo con puntualidad inflexible para recordarte que a cierta edad ya deberías tener un trabajo digno de tal nombre, y que a equis años no puedes olvidarte de los plazos fijos (matrimonio, o sucedáneos, e hijos, si es posible con parejita incluida), y luego, si hay suerte con la salud, llegará la progresiva demolición de ilusiones, apedreadas las ganas por las pérdidas de seres queridos y las embestidas de la decepción en cualquiera de sus manifestaciones sin pancarta. Es como una lista de la compra: vas tachando por secciones y, al final, te das cuenta de que el carrito está lleno de cosas que no necesitas y que solo sirven para cargarte de pesos muertos. O moribundos. Una de las (e)lecciones más importantes que hay que tomar antes de que la cajera nos pregunte si tenemos cupones de descuento e s la de replantearse los planes cuando aún queda margen para cometer errores distintos, o aciertos de los que enorgullecerse. No se trata de tirar la toalla sino de tomarse un respiro, no es una huida sino un ajuste de prioridades, esa algarabía de deseos y realidades que no puedes ni sabes ni quieres controlar a los veinte o a los 30, ni siquiera a los 40. Es una reacción contra la pérdida de tiempo en banalidades, contra la repetición de argumentos gastados, contra la inercia vital disfrazada de supervivencia que convierte los días en vías muertas hacia un desfiladero que convierte las horas en ru(t)inas que ni siquiera sirven como escondite. Relaciones que ya no palpitan, (pre)ocupaciones que desfallecen lentamente. Preguntas que han perdido los signos de interrogación por el camino porque las respuestas son puntos suspensivos que ya no cosen ninguna herida. Conviene aceptar que el silencio es más elocuente que el griterío, y que apagar la luz es, a veces, una forma de iluminar la vida.
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