Opinión
Bigotes de langostinos
All I want for Christmas is...
Lo confieso: desde niña, mi deseo interno era no ser yo misma, sino uno de mis primos, me daba igual cuál. No era una cuestión de sentirme en un cuerpo equivocado ni de querer alterar mi forma física. Lo que quería era poder disfrutar del permiso para comportarme como una menor con la libertad que lo hacían ellos, privilegios que fui perdiendo según iba cumpliendo años (diez, once, doce) y que se hacían más evidentes en las fiestas navideñas.
Cena de Nochebuena. Platos, vasos, copas, servilletas –primero limpias y luego sucias–, cubiertos que se multiplicaban en legión. Me sentía aturdida por las capas y capas de conversaciones estridentes superpuestas entre risotadas y bigotes, también de langostinos. Y, de repente, ahí estaba: la mirada inquisitiva de mi madre con un mensaje sin ambigüedades. Tenía que ayudar en el retirado de los escombros gastronómicos del banquete, como una más. Las mayores, dando ejemplo, se levantaban de un respingo. La premura en la recogida de la basura colectiva obedecía a una norma no escrita pero sí asumida: postergar la limpieza no es propio de buenas mujeres. La dueña de la casa se solía levantar la primera. Las demás la seguíamos como hormiguitas hacendosas, esquivando el correteo de los niños jugando en el pasillo y el paso de los hombres que salían a fumar.
Con el tiempo y buenas lecturas, he comprendido que ni antes quería ser un niño ni ahora quiero transformarme en un hombre. No, no es eso. Sí me gustaría que el sexo biológico de las niñas deje de entenderse como el condicionante que las (nos) condene a vivir para servir, hipotecando un tiempo precioso que otros emplean en lo que quieren. A veces me pregunto cuántas cenas navideñas dejarían de celebrarse si las mujeres se desataran el mandil y se negaran a seguir poniendo sus mentes y sus manos al servicio del placer ajeno. Qué más necesitan las hormiguitas para bajar los brazos, traicionar al dichoso cuento y gozar como las cigarras del vivir viviendo.
Fantaseo con una rebelión de todas las educadas en la obediencia. Una Nochebuena en la que nos juntemos en la plaza del pueblo con esas copas de vino de las que siempre nos servimos las últimas. Un homenaje en el que brindemos por nuestra emancipación sin culpas. Juraría que es un sueño que he tenido. Como otro que se me repite, en el que ninguna mujer se levanta a quitar los despojos de la mesa. Entonces, se nos hincha la cara, roja de vergüenza interna, hasta comenzar a salirnos pelillos de bigotes puntiagudos, como los de los langostinos decapitados que nos miran de reojo.
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