Opinión
Faustino Blanco González
De la estrategia a la capacidad: innovación en salud con impacto real
Faustino Blanco González pone hoy fin a una etapa de cinco años como director de la Fundación para la Investigación y la Innovación Biosanitaria de Asturias (FINBA). En este artículo, continuación de otro publicado el pasado día 27, propone una vía para que la región tenga empuje y voz propia en un ámbito tan crucial como es la investigación en salud
Una vez establecido un marco institucional basado en la confianza, la gobernanza compartida y la alineación estratégica de los actores del ecosistema sanitario y científico, la investigación y la innovación en salud dejarán de ser un debate sobre intenciones para convertirse en una cuestión de capacidad real.

De la estrategia a la capacidad: innovación en salud con impacto real
La diferencia entre territorios que avanzan y que se quedan atrás reside tanto en la calidad de sus estrategias como en su habilidad para transformar esas estrategias en infraestructuras estables, instrumentos y proyectos con impacto medible en la vida de las personas.
Asturias se encuentra en una posición favorable para afrontar este desafío. Dispone de un sistema sanitario público cohesionado y capilar, de capacidades científicas contrastadas y de una cultura institucional con potencial para la colaboración. El desafío real consiste en convertir ese capital acumulado en capacidad instalada, sostenible y alineada con las prioridades europeas.
En este proceso, el Instituto de Investigación Sanitaria del Principado de Asturias (ISPA), gestionado por la Fundación para la Investigación e Innovación Biosanitaria de Asturias (FINBA), actúa como infraestructura habilitadora del ecosistema. No se trata de ocupar el centro, sino de facilitar conexiones estables entre investigación, práctica clínica, universidad, industria y ciudadanía, garantizando confianza, rigor ético y orientación al impacto.
La FINBA articula plataformas, servicios y marcos de gobernanza que permiten desarrollar investigación e innovación biomédica de calidad y transferir conocimiento al sistema sanitario y al tejido productivo.
Disponer de una base institucional sólida no elimina los retos estructurales: talento, disciplinas emergentes e infraestructuras. La atracción y retención de talento nacional e internacional continúa siendo uno de los principales cuellos de botella en un entorno altamente competitivo. Afrontarlo exige políticas que vayan más allá del salario, incorporando condiciones de conciliación, igualdad de oportunidades y desarrollo profesional.
A ello se suma la necesidad de integrar de forma efectiva disciplinas que hoy son centrales en la biomedicina avanzada: inteligencia artificial, robótica, genética, biología computacional o ciencia de datos. Estas áreas requieren nuevos perfiles profesionales, equipos multidisciplinares y modelos organizativos cooperativos, superando definitivamente el esquema del investigador en un entorno aislado.
Las infraestructuras constituyen otro elemento crítico. Desde laboratorios hasta espacios diseñados para investigación clínica independiente y tecnologías de alta intensidad, aun insuficientemente incentivadas por la industria.
En Asturias, este esfuerzo debe realizarse manteniendo un equilibrio entre grandes plataformas ya consolidadas, biobanco, proteómica, secuenciación, eficiencia en el uso de recursos y la externalización estratégica de determinados servicios a empresas especializadas.
Uno de los ámbitos donde esta transformación resulta más evidente es el uso secundario de los datos biomédicos. El dato ha dejado de ser un subproducto de la actividad asistencial para convertirse en una infraestructura científica esencial, crítica. Asturias presenta ventajas competitivas claras: una buena articulación del Servicio de Salud del Principado de Asturias (Sespa), una cobertura territorial homogénea, características poblacionales bien definidas y una elevada integración de la ciudadanía en el sistema sanitario.
Aprovechar plenamente este potencial exige reforzar la gobernanza operativa del dato, incorporar nuevas profesiones y desplegar infraestructuras que permitan su análisis seguro, interoperable y a gran escala. La confianza ciudadana, basada en la transparencia y en la claridad de los fines perseguidos, es condición necesaria, pero no suficiente: el verdadero reto es pasar de la confianza declarada a la capacidad técnica efectiva.
La disponibilidad de datos interoperables y el desarrollo de nuevas estrategias analíticas permiten generar evidencia científica directamente a partir de los datos producidos en el Sistema Nacional de Salud, junto a otras fuentes de datos federadas. Este cambio de paradigma exige infraestructuras compartidas, equipos multidisciplinares y marcos organizativos capaces de sostener el uso continuado del dato como motor de investigación, innovación y mejora asistencial.
En este contexto, las políticas europeas adquieren una relevancia decisiva para la Macrorregión Atlántica, donde compartimos retos comunes y, por tanto, la posibilidad de desarrollar soluciones conjuntas, comparables y escalables entre territorios. El reciente Informe Draghi sobre la competitividad europea al que hacía referencia en mi anterior artículo, advierte de un problema estructural: el continente genera conocimiento de primer nivel, pero tiene dificultades para transformarlo en impacto económico y social.
En salud se necesita escala, y esa escala, en Europa, se construye desde la colaboración territorial, evitando proyectos fragmentados, soluciones que no escalan y un retorno limitado de la inversión pública en investigación. No faltan ideas ni talento, falta capacidad para convertir innovación en resultados. Integrar la investigación y la innovación en salud en este marco operativo de colaboración público-privada y cooperación entre regiones no son una moda, es colaborar para escalar, una condición para que la innovación atraiga financiación, reduzca costes de desarrollo y acelere la llegada de soluciones. Permite avanzar en una visión que está basada en cuatro pilares: el impacto económico del sector como generador de empleo cualificado; la innovación transversal de tecnologías sanitarias con aplicaciones en otros sectores estratégicos; el bienestar social como base de economías resilientes; y la reducción en Europa de dependencias externas en ámbitos críticos como medicamentos, dispositivos médicos o infraestructuras de datos.
Este enfoque convierte a la salud en una auténtica infraestructura estratégica europea, en la que los territorios capaces de desplegar capacidades reales pueden desempeñar un papel relevante. En Asturias, esta visión la debería materializar en dos iniciativas con un alto potencial transformador.
La primera es el Espacio "FINBA Data Trust", concebido como una infraestructura que integra tecnología, ética y gobernanza del dato. Su valor diferencial reside en su capacidad para funcionar como entorno de validación regulatoria, facilitando la experimentación controlada de innovaciones sanitarias, y en su conexión directa entre el uso eficiente del dato y la sostenibilidad del sistema sanitario. Este enfoque permite avanzar desde la prueba de concepto hacia la implantación real, mejorando la calidad asistencial y optimizando el uso de recursos.
La segunda es el Área de Terapias Avanzadas, orientada a establecer en Asturias una capacidad sólida de investigación, producción y formación en terapias avanzadas personalizadas basadas en ingeniería tisular y medicina regenerativa. El proyecto aborda necesidades clínicas no cubiertas mediante la producción escalable y económicamente viable de epitelios bioingenierizados, cumpliendo estrictos estándares de calidad y reduciendo la dependencia de tecnologías externas. Ambas iniciativas refuerzan cadenas de suministro críticas, aumentan la capacidad productiva y generan efectos positivos más allá del ámbito regional, posicionando a Asturias como un nodo relevante en el ecosistema europeo de innovación en salud.
Conclusión.
La experiencia de la FINBA y del ISPA demuestra que la investigación y la innovación en salud solo generan valor cuando se conciben como infraestructuras colectivas y no como una suma de proyectos aislados. Infraestructuras de datos, capacidades productivas en terapias avanzadas, formación especializada y marcos regulatorios innovadores no son elementos accesorios: son condiciones materiales de alta exigencia que hacen posible su impacto real.
En esta lógica también se inscribe el Plan Estratégico 2026-2030, de ISPA/FINBA, alineado con las prioridades nacionales y europeas y con la Acción Estratégica en Salud del ISCIII. Desde esta perspectiva, la investigación y la innovación en salud se consolidan como una auténtica infraestructura de país, capaz de generar conocimiento, bienestar, crecimiento económico y autonomía tecnológica. En última instancia, la estrategia solo cobra sentido cuando se traduce en beneficios tangibles para la ciudadanía.
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