Opinión
Fuera complejos
¿Está Asturias en su mejor momento hasta el punto de convertirse en "tierra prometida" de la inmigración?
A principios del mes pasado, se presentaba la nueva directora del Museo de Bellas Artes de Asturias con unas palabras sorprendentes. "Buenos días, soy María López-Fanjul… Me gustaría que dejasen de preguntarme qué hace aquí alguien con una carrera internacional como la mía. Es algo que al principio me sorprendía, luego me enfadaba y ahora me cabrea. Este Museo ha demostrado que es una institución de primera y Asturias está en su mejor momento; no estaría aquí si no creyera en ello".
Madrileña, aunque de origen asturiano –su padre nació en Oviedo–, ha desarrollado su carrera entre la capital española, Londres y Berlín, donde ha residido más de diez años. Bien podría servir de ejemplo de esos madrileños que se han convertido en la principal fuerza migratoria nacional que elige Asturias como destino.
Asturias lleva décadas sumida en una profunda depresión. Desde la desindustrialización, el desmantelamiento de la minería, los recortes europeos a la pesca, la agricultura y la ganadería, no levantábamos cabeza. Se decía que en Asturias no había futuro y no fuimos pocos los que cogimos el andandillo, cruzamos el Pajares –entonces aún no había Negrón– y acabamos mayoritariamente en Madrid.
El fenómeno no era nuevo. Desde siempre, hemos sido tierra de emigrantes ¿Qué asturiano no tiene familia en La Habana o en Buenos Aires? ¿Cuántos, durante el franquismo, no acabaron en Bruselas o en París? En nuestra época de esplendor industrial, también fuimos receptores de inmigrantes portugueses, andaluces, castellanos, que acabaron integrándose entre nosotros.
Durante los años finales del franquismo, presumíamos de que Asturias era la séptima región más rica de España. Pero luego llegó ese largo y oscuro periodo que siguió a la reconversión. El tiempo de las lamentaciones, de las estadísticas negativas: Asturias, a la cola en el índice de natalidad, a la cola en la creación de empleo, a la cola del crecimiento económico… Y a la cabeza en desempleo juvenil, en envejecimiento de la población, en número de suicidios…
Fue un tiempo –aún hoy no hemos superado muchos de esos lastres– en que caímos en una profunda depresión. Nos sentíamos acomplejados con respecto a las deslumbrantes estadísticas que exhibían el País Vasco, Madrid, Cataluña... Quien ha padecido depresión sabe que es muy fácil caer y muy difícil salir. No nos quedaba más consuelo que el "qué guapina yes", el paraíso natural, la buena comida y nuestro alabado buen talante.
De repente las tornas están cambiando. A partir de la pandemia, la tendencia parece variar. Ciertos síntomas empiezan a despertar cierto optimismo. El pasado trimestre, supimos que volvíamos a ser la séptima región, pero esta vez en calidad de vida, teniendo en cuenta factores como el trabajo, la salud, la educación, la seguridad o las condiciones materiales de vida. Se empieza a hablar de Asturias como "refugio climático". Hasta –con sus muchas salvedades– mejoran las comunicaciones, que ancestralmente nos han mantenido aislados.
Pero lo que ha acabado de fundar nuestras esperanzas, de despejar los negros nubarrones, ha sido el análisis publicado por Vicente Montes las pasada semana en este periódico: "Madrid se asienta como el principal origen de inmigración nacional a Asturias". El 2024, último año del que se tienen datos, fueron 1.119 personas más las que se mudaron de Madrid a Asturias que las que emprendieron el camino inverso.
A este cambio de tendencia seguramente ayuda que la capital se está volviendo muy inhóspita, que la vivienda se ha convertido en un obstáculo insalvable, que las aglomeraciones se hacen insufribles. Lo que no es óbice para pensar que Asturias está viviendo un buen momento, tal vez su mejor momento, como dice la nueva directora del Bellas Artes. Lo suyo sería ir deshaciéndose del lastre de la inferioridad y aprovechar la oportunidad. De momento, fuera complejos.
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