Opinión
Recuento
Hice un amigo. Recuperé a un hermano. Escribí unos cuantos poemas y, entre ellos, unas cuantas columnas de prensa. Leí hasta que mis ojos, cansados, pidieron una tregua y luego, sin hacerles caso, seguí leyendo. Dormí muy poco, como siempre, y vi casi todos los amaneceres con la esperanza puesta en ellos, generalmente defraudada. Despedí a algunas personas que me eran muy queridas y me dolieron a todas horas las ausencias irreparables de Agustín, de Manolo, de mi tío Antonio. Tuve decepciones, se rompieron definitivamente algunos lazos y detrás del dolor vi crecer, con dolor, la desconfianza. No habré hecho bien las cuentas (nunca las hago), pero seguramente me he podido beber unos trescientos litros de café, lo cual, visto así, al bulto, parece una auténtica barbaridad. Algunos días canté, algunos también reí, pero no fue todos los días y es de lo poco de lo que me arrepiento. Me buscó con más frecuencia de la necesaria gente para la que valgo lo que vale el papel en el que escribo (no les guardo rencor, acaso una cierta compasión por su pobreza y por ser tan ingenuos de pensar que no se nota). Me dolieron con perseverancia los huesos que me recuerdan que irremediablemente me hago viejo, que ya casi lo soy. Sentí el mordisco de la soledad hasta el tuétano de esos mismos huesos, acaso por eso me duelan tan fieramente. Me he sabido más porque he ido más adentro, pero me he sentido menos, acaso por no ir lo suficientemente adentro. La memoria, contra todo pronóstico, a veces me escamoteó un nombre, una fecha, incluso algún verso que siempre creí inolvidable. Viajé cuanto pude, cambié de aires, de paisajes, de gentes y de idiomas, y en todas partes vi que no somos tan diferentes. Me pensé a mí mismo con otra suerte, con otras vidas que inventé para pasar los insomnios y por mantener la vieja costumbre de soñar. Traté de continuar esa novela que se me encalló hace tiempo y que empiezo a temer que nunca acabaré. Cumplí con los encargos, con los impuestos, con las tareas que se me asignan. A veces tuve miedo y alguna vez rompí el vaso de la paciencia, algo que jamás se me perdona ni me perdono. Se me fueron de las manos algunos días, algunas mareas, algunos atardeceres y, lo peor, algunas sonrisas. También algunos mitos y el respeto que tuve a quien pensé mejor de lo que resultó ser. Me cansé de intentar recomponer alguna fraternidad perdida, di mucho al olvido y aprendí algunos rudimentos de otras lenguas. Fui bueno y malo, como cualquiera, y como cualquiera, también, tuve un par de golpes de suerte y algunos reveses. Y siempre el mar para empezar de nuevo.
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