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Cuento de Navidad (7)

Un trasplante en Nochevieja

La cena de Nochevieja se iba consumiendo entre risas y el tintinear de las copas en casa de los Gálvez cuando el móvil del hijo menor, Marcos, vibró sobre la mesa. Su madre frunció el ceño: —Hijo, hoy no…

Pero él, piloto de helicóptero, ya había visto el aviso: “Código urgencia – traslado de órgano”.

Dejó la servilleta junto al plato con el capón recién horneado, se levantó despacio, como si el gesto pudiera retrasar lo inevitable. Su padre, con una palmada en el hombro, le dijo lo de siempre: —Ve. Hoy alguien te necesita más que nosotros.

Minutos después, el helicóptero sanitario extendía las hélices en medio de la ventisca mientras el equipo médico subía al vehículo una pequeña nevera blanca con el corazón de un chico de veinte años, fallecido en accidente de moto. Una vida había finalizado; otra auguraba nuevo comienzo.

Marcos despegó dejando atrás el resplandor de la ciudad que celebraba el fin de año. A través del intercomunicador, la doctora le explicó que en un hospital de la región vecina un paciente llevaba meses esperando ese órgano. Era su única oportunidad. Tal vez la última…

La noche estaba despejada, pero el viento cortaba como cristal. Marcos sintió el peso de cada minuto. Miró de reojo la nevera sujeta junto al médico: una vida esperando otra vida en apenas un metro cuadrado. Marcos era el puente entre ambas.

Al aterrizar, el equipo receptor ya corría hacia ellos: en estos casos, la prisa es precisión. Marcos se quedó en la cabina. Desde el hospital llegaba el eco lejano de las campanadas: era medianoche. El piloto echó mano a la chaqueta y descubrió que su madre le había metido en un bolsillo un cucurucho con doce uvas. Y entonces celebró la vida.

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