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Cuento de Navidad (8)

El Belén de los refugiados

Cruzaron la frontera de noche, con el cielo rajado por los fogonazos de las bombas y el silbido de la metralla cosiéndoles el miedo a la espalda, persiguiéndoles como un animal ciego. Ella caminaba despacio, con una mano en el vientre y la otra aferrada a la manga de él. No hablaban. Habían aprendido que el silencio pesa menos que la escasa mochila. Tras días de marcha llegaron al campamento, un laberinto de tiendas desgarradas por el cuchillo cruel del invierno.

Esa misma noche le sobrevinieron los dolores del parto. La tienda se volvió establo y cueva, refugio mínimo contra la intemperie. Tres observadores de la ONU, M. G y B, llegados esa misma tarde, se acercaron con linternas y palabras torpes en idiomas distintos al eventual paritorio. Traían cuadernos, mapas y una paciencia antigua. Vieron nacer al niño cuando el reloj marcaba casi la medianoche; lo vieron abrir los ojos y el tendajo se iluminó con un haz de luz sorpresivo y misterioso. En el cielo, despejado, brillaba una estrella reconocible.

No hubo presentes ni proclamas procedentes de tierras lejanas. Los regalos llegaron de manos de algunos habitantes de aquel cenagal: una manta raída que alguien había guardado del padre anciano recién fallecido; un ceneque de pan desmigado en trozos; una taza de latón con agua tibia de un pozo antiguo. Durante un rato, en medio del frío y del cansancio, el campamento de refugiados pareció un lugar un poco más habitable. Como si Dios se hubiera dado un garbeo sobre el barro.

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