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Adiós a Esteban Suárez Magdalena

El economista de El Entrego se inició como informático en Oviedo y culminó en La Coruña una brillante carrera

El destino quiso que el año 2025 hiciera coincidir su final con el de la vida de Matías Esteban Suárez Magdalena, destacado profesional de la informática y la economía. Nacido en El Entrego, acabó asentándose en La Coruña, donde consolidó definitivamente un sólido prestigio, al que contribuyó su generoso comportamiento personal.

Esteban, como era conocido desde la infancia por sus familiares y amigos, tras adquirir la formación media como interno en los colegios maristas de Oviedo y León, eligió como trayectoria profesional la de la Economía, que todavía no tenía centro educativo en Asturias. Sin duda influyó en ello el ejemplo de su amigo Severino García Vigón, vecino de La Huerta, tan de El Entrego como El Llaposu, el barrio natal de Esteban, aunque estuviera algo más distante del Cruce, aunque mucho menos que la mina de La Encarná, donde el padre de Esteban fue el último facultativo jefe. Esteban se formó como economista en las facultades de Economía de Madrid y Bilbao. En esta última obtuvo la licenciatura.

Para el ejercicio de la profesión buscó también un camino novedoso, el de la Informática. Y aportó su trabajo y sus deseos de aprender en empresas nuevas, como Informática Asturiana, para mostrarse luego capaz de asumir funciones directivas en la IBM asturiana. El salto siguiente, hacia Galicia, no fue solo territorial, sino también de responsabilidad, al ser fichado por el Banco Pastor para la implantación y el crecimiento de Sermática, una empresa que asumía las posibilidades económicas que ofrecían las nuevas tecnologías. Esteban volcó en esa tarea todas sus cualidades, desde las intelectuales hasta las puramente humanas en el más amplio sentido de la palabra. Los que conocieron su forma de ejercer el cargo directivo dirían luego que era tan exigente como generoso en su comportamiento. Y resultaba perfectamente visible que sabía ser a la vez jefe y compañero. Por poner un ejemplo, se convertía en un jugador más en los partidos que la plantilla de su empresa celebraba semanalmente en la playa, donde demostraría además que era un excelente futbolista.

Lo malo que podía ocurrirle no dependía de su comportamiento ni de sus intenciones. Si hubiera sido así no hubiera tenido un final tan duro como el que le llevó. Cuando se acercó a una jubilación que se presumía larga y feliz, el mal de alzhéimer se asentó en su cerebro para una estancia que también sería larga y todo lo dura de lo que es capaz esa enfermedad que anula al individuo. Ante ese mal la reacción de su mujer, la langreana Belén Miranda, no pudo ser más ejemplar en la asistencia, tan cariñosa como constante, lo mismo mientras el enfermo pudo seguir viviendo en casa como cuando hubo de ser internado en una residencia, como la coruñesa de La Milagrosa, donde tendría siempre la atención adecuada. Hasta allí siguió llegando también el cariño de sus hijas Bárbara y Covadonga, aunque la primera viviera en Málaga, como el de su hermana Pilarina, residente en Asturias. El de su hermano Quinito (Joaquín en el Registro y en el Acta de Bautismo) se había extinguido hace ya muchos años de forma atrozmente brusca, también en un mes de diciembre, aunque al principio. Si hay que mencionar a alguien más, además de los nietos (Bruno, Paula, Álvaro, Covadonga, Vega) sería injusto olvidarse de José, que tanta compañía le hizo y tanta ayuda le prestó. Todos ellos, más el resto de su familia y los muchos amigos que se vayan enterando de su adiós, le desearán que descanse en paz.

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